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‘El vasco’, segundo largometraje de Jabi Elortegi, resulta en un ensayo altamente efectista sobre la memoria como último bastión de defensa frente a una realidad desestructurada

El vasco | StyleFeelFree. SFF magazine
Imagen de la película El vasco | StyleFeelFree. SFF magazine

A veces nuestra memoria entiende más de recuerdos por su olor que por el día en el que ocurrieron. Esta idea es conocida como memoria sensorial y está desarrollada en la novela En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. El momento en el que Ego regresa a su infancia al probar un bocado del Ratatouille de Remy es un ejemplo perfecto de cómo funciona este concepto. El vasco es una carta de amor a todas esas personas que viven sus últimos años de vida evocando sus más preciados recuerdos. Refugiándose así de una realidad cada vez más confusa para ellos.

Mikel es una persona que siente un desapego por sus raíces. Está desprovisto de su propia identidad cultural. Irónicamente, la trama le hará reencontrarse con ella en la otra punta del mundo, en la Argentina profunda. Los saltos de eje durante su viaje en bus connotan que este no es un trayecto unidireccional. Mikel no se embarca en un viaje de ida, sino más bien, en uno de vuelta. Así es como arranca El vasco, una película que bebe más de lo necesario del diálogo como recurso narrativo. Sin embargo, abordar un tema tan peliagudo como es la demencia senil desde el género de la comedia la convierte en un visionado más que interesante. Por no hablar de la vitalidad que emana el personaje de Chelo, interpretado por Eduardo Blanco. Más allá de ser un papel secundario, su arco evolutivo es mucho más rico en matices que el de Mikel.

Cultivando la relación con su abuela es como Mikel aprende a apreciar esa tierra de la que huye. Es la manera que encuentra la trama de curar la desunión de su protagonista. La patria está tan presente en la memoria de la amama que con una nana en euskera despierta del letargo en el que lleva una década sumida. Su cabeza es capaz de visualizar la isla de la Magdalena en un decorado de cartón-piedra. Este es, sin duda, el plano más paradigmático de El vasco. Aquel que conlleva el tema principal de manera intrínseca. Es el momento en el que la película se desentiende de su intención de ser accesible para todos los públicos, prescindiendo del diálogo. Sin lugar a dudas, El vasco es una cinta que a todo aquel que haya vivido un caso de alzheimer en su familia va a sentarle igual que un abrazo cálido.
 

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