Oscar M. Freire
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El compromiso con la Historia y las enseñanzas de ‘Fritzi: un cuento revolucionario’ hacen justicia a su título sin perder la inocencia

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Imagen de la película Fritzi: un cuento revolucionario | StyleFeelFree

En octubre de 1989 los ciudadanos de Leipzig, Alemania del Este, se manifestaban pacíficamente contra el gobierno de la RDA en la Iglesia de San Nicolás. Hacía meses que muchos alemanes huían de la opresión del gobierno por la frontera de Hungría. Entre ellos Sophie, la mejor amiga de Fritzi. A modo de fábula, Fritzi: un cuento revolucionario, traslada la crisis social del Telón de Acero a la inocente visión de un niña de doce años. A través de su incansable fuerza de voluntad, Fritzi, pone todo su empeño para, con ayuda de su nuevo amigo Bela, conseguir que Sophie se reencuentre con Sputnik, su adorable perro. Lo que en apariencia podría ser un filme sin trascendencia consigue, con paralelismos más y menos finos, acercar la Historia a un espectador de este siglo.

Matthias Bruhn y Ralf Kukula trazan una animada historia de aventuras cuyo mensaje político se va profundizando a medida que avanza la trama. Los escenarios que antes parecían idílicos prados germánicos, después se desvelan como sombríos bosques que desembocan en peligrosas alambradas. De este modo, el excesivo cuidado de las imágenes es en realidad la mímesis de una mirada inocente que no parece entender nada. Aún así, gracias al compromiso de los realizadores, la infantilización del conflicto respeta los acontecimientos históricos sin perder de vista al público infantil. Una apuesta por el sentido pedagógico de un cine que entretiene y conciencia a partes iguales, abriendo las puertas a rememorar lo que una vez fue Europa. La deformación total de una historia hasta convertirla en lo que promete ser, un cuento.

Si bien es cierto que los personajes se dibujan con cierta uniformidad, parece que también se levanta un muro de Berlín entre los adultos y los niños. El mundo adulto se desarrolla entre preocupado por las apariencias y temeroso de las represalias estatales. El mundo infantil, por el contrario, se encuentra repleto de buenas voluntades, de actos y pensamientos cuyo coraje radica en desconocer las consecuencias de los mismos. Así, Fritzi no solo cuestiona las fronteras entre el Este y el Oeste, sino también las que se alzan entre la madurez y la infancia. La fuerza que impulsa el destino de los personajes acaba por hallarse en la tenacidad de los que en apariencia son más débiles, demostrando una vez más que la solución a los problemas varía según quién los mire.

Fritzi: un cuento revolucionario es una película quizás desapercibida, pero cuyo valor radica en la sorpresa de encontrar ambición política, pedagogía y entretenimiento. Sorpresa de permanecer fiel a los acontecimientos y no perder de vista a su público, los niños. Sorpresa de saber que, aunque pasen los años, Alemania no olvida.
 

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