Óscar M. Freire

Tras ganar el premio especial del jurado en la última edición del Festival de San Sebastián, el documental ‘Crock of Gold: Bebiendo con Shane MacGowan’, de Julien Temple, reivindica las consecuencias de morir de éxito

Crock of Gold: Bebiendo con Shane MacGowan | StyleFeelFree
Imagen de Johnny Depp, Shane Macgowan & Victoria_MacGowan © Greg Williams | Documental Crock of Gold: Bebiendo con Shane MacGowan | StyleFeelFree

Irascible, belicoso, grosero, inestable, alcohólico, trágico, luchador y poeta, todo esto es (o era) el cantante punk de The Pogues, Shane McGowan. El documental musical Crock of Gold: Bebiendo con Shane MacGowan supone un acercamiento por parte de su director Julien Temple y otros colaboradores, como Johnny Depp, a este cantante irlandés mítico en su momento pero descuidadamente olvidado en la actualidad. La película, que no pierde nunca su sentido divulgativo, establece una cronología en primera persona de toda su vida, desde la infancia hasta la vejez. Partiendo de los recuerdos y sin temor a entremezclar recursos cinematográficos, se narra lo que fue su auge y terminó siendo su caída.

Con el apodo despectivo inglés de paddy, McGowan se convirtió en un símbolo de la pugna por la nación irlandesa. El documental procura mantener esa imagen y, a la vez, caminar hasta el final del arcoíris para descubrir el fondo oscuro del caldero dorado. Si bien hay templanza a la hora de cuestionar a su protagonista, no titubea en las miserias, el alcohol y las drogas de su biografía. Para ello, Temple se apoya en dos estilos coherentes con una misma idea: mostrar la realidad a partir de elementos inherentemente ficcionados. Por un lado, la recreación de la infancia, con borracheras y cantinelas incluidas, empleando las coloridas animaciones de tradición europea. Por otro, la intromisión de películas irlandesas antiguas, capaces de resignificar las reminiscencias sobre el lejano pasado. Al entrelazarlos con las entrevistas, los materiales reaccionan y la verdad de las declaraciones aflora y se visualiza.

Sin embargo, según avanza la película, la efusividad inicial se desinfla a favor de la transcendencia, y el calor de los multitudinarios conciertos deja paso a los gélidos testimonios del presente. McGowan ya ni canta ni compone, pero sigue vaciando jarras de cerveza. La leyenda, el mito creado en la primera parte, se descompone en la segunda. El poeta irlandés, reflejo de toda una generación enfurecida, fue y es humano, con sus aciertos, con sus errores, pero humano. Por lo que la mayor virtud del documental no sea, quizás, su vertiginoso disfrute fundamentado sobre una astucia rítmica incansable, sino su alegato final, honrar a los mitos por ser humanos y no ser leyendas. McGowan se quiso beber el mundo y amargamente lo consiguió. Como él mismo compuso: “Sad to say I must be on my way, so buy me beer and whiskey ’cause I’m going far away”.
 

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