Rosana G. Alonso
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La ópera prima de Mihály Schwechtje, ‘Ojalá te mueras’, tiene el ímpetu de iluminar, a pesar de la tragedia anunciada, dándole un vuelco a la filmografía húngara

Ojalá te mueras | StyleFeelFree
Imagen de la película Ojalá te mueras | StyleFeelFree

La ópera prima de Mihály Schwechtje, Ojalá te mueras, fácilmente nos pillará desprevenidos. El cine que nos llegaba de Hungría nos había hecho creer en una ficción mucho más austera y sombría, de atmósferas sobrecargadas e hipnóticas, planos secuencia extensos y dilaciones en un tiempo contenido. Ahí tenemos para corroborarlo a Béla Tarr, László Nemes o Ferenc Török, por citar algunos ejemplos. Aunque también sabíamos de otras formas de abordar lo fílmico. La alegoría social que tan bien representó Kornél Mundruczó en White God, o el tono de fábula lóbrega que Ildikó Enyedi hiló en En cuerpo y alma, resultaron ser alternativas a una filmografía que parecía rehuir de la realidad más inmediata.

El cóctel que nos tiene preparado Schwechtje en Ojalá te mueras no es que sea especialmente original, pero sorprende por varias razones. Para empezar, porque asociamos esta temática y cromática más con el cine estadounidense, el más prolífico en retratar la adolescencia. De hecho, este filme podría estar a medio camino entre el mundo adolescente que mostró con convicción Larry Clark y el que ideó Todd Solondz para Bienvenido a la casa de muñecas, pero esta vez, en versión manga. La luminosidad, además, nos remite casi inmediatamente a Sean Baker en sus distintivos parajes de contemporaneidad que parecen soñados. Para rematar, el formato y ángulo que adopta el húngaro capta muy bien esa extraña etapa de la adolescencia, en la que despertamos a la vida, con los primeros fogonazos que nos estimulan, y sin estar preparados para nada. En un mundo, por otra parte, lleno de ventanas y cámaras que registran todos nuestros movimientos.

Recientemente, también hemos visto a otros autores interesarse por la adolescencia en el mundo actual. Tal es el caso de Isabel Pagliai en Tendre y Fien Troch en Home, este último, un retrato mucho más ácido que Ojalá te mueras. El salto generacional, en los últimos años, ha sido tan cuantioso como el que ha pegado la tecnología. Ha trastocado toda nuestra vida, y asociado a ello, nuestra sed de consumo, nos ha convertido en una mercancía más. Todo esto lo explora la cinta de Mihály Schwechtje, manejando con pulso un thriller que juega con el espectador. Es inesperada, fresca y maneja muy bien el suspense, el drama y un sentido del humor contenido, en una combinación explosiva. Aunque con un trasfondo que guarda paralelismos con After Lucía de Michel Franco, tiene el ímpetu de iluminar, a pesar de la tragedia anunciada. Supera las expectativas que anuncia el título.
 

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