Jaime G.

La mexicana Fernanda Valadez reflexiona acerca de la angustia y la desesperación en su largometraje debut ‘Sin señas particulares’

Sin señas particulares | StyleFeelFree

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Magdalena es una madre cuyo hijo, al igual que muchos otros, desapareció intentando cruzar la frontera entre México y Estados Unidos. Al descubrirse varios cuerpos, se abre una investigación para tratar de identificarlos y que sus respectivas familias les puedan guardar luto. Ante la posibilidad de que su hijo aún viva, Magdalena decide seguir sus pasos y vagar sin descanso a través de los confines del país. En su travesía conocerá a Miguel, un joven paisano recién deportado de EEUU que recorre el mismo territorio hostil de vuelta a casa. Sin Señas Particulares es una historia de destinos cruzados con la que Fernanda Valadez pone en relieve la realidad de millones de migrantes.

Lo que hace que el largometraje funcione desde su base es indudablemente su planteamiento. Aquí, la cineasta no cede en casi ningún momento al efectismo que por sí mismo incita el tipo de relato. El cine sobre desapariciones parece haber sido contaminado por fórmulas y estructuras de guion que lo desligan de su intención de denuncia social. Es por eso que destaca el enfoque meditado de Valadez, que además está acompañado de una investigación y una cercanía evidente a los hechos. Aunque Magdalena es la protagonista del filme, no es el único personaje al que la cámara acompaña. La directora también presta atención a la historia de Miguel, o a la de otra madre cuyo hijo sí que ha sido encontrado muerto. Y a pesar de que estos relatos son secundarios dentro del metraje, demuestran la visión horizontal del dolor que ofrece Fernanda Valadez.

Si bien la directora toma una serie de decisiones indiscutiblemente acertadas, le es difícil mantener una consistencia. La distancia entre la cámara y los actores otorga relevancia a los lugares, pero a medida que avanza la cinta provoca sentimientos encontrados. Los parajes desérticos que se recorren durante la segunda mitad de la película son cinematografiados con gran belleza, adquiriendo un protagonismo especial. El problema es que para ello, el alejamiento de los personajes se percibe de forma muy abrupta, lo que hace peligrar el ritmo del filme. Por supuesto, nada de esto altera el tono sobrio con el que marchan los acontecimientos, si bien, no se manejan en todo su potencial. Sin señas particulares brilla por su atención al silencio y a la discreción en cada uno de sus planos. Una película que, para ser apreciada como merece, tras su visionado, requiere sutilmente de un asentamiento en la psique del espectador.
 

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