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El director Sion Sono propone, en ‘Prisioneros de Ghostland’, un viaje de redención que nos demuestra que el cine de explotación aún sigue con vida

Prisioneros de Ghostland | StyleFeelFree
Imagen de la película Prisioneros de Ghostland | StyleFeelFree

En Prisioneros de Ghostland, la última película del realizador japonés Sion Sono en colaboración con Nicolas Cage, se presenta un gran pastiche de sub-géneros. Aquí, el creativo bebe de fuentes muy diversas. Desde el manga ochentero, hasta el spaghetti western. Por un lado, encontramos un futuro post nuclear, que recuerda a El puño de la estrella del norte, obra de Buronson y Tetsuo Hara. Mientras que por otro, en las decisiones formales, nos lleva a las películas de Corbucci, Sollima o Leone, en lo que a planificación se refiere. Así, se rescatan aspectos de ambas referencias. Vemos estéticas como el traje en el que se enfunda Cage, similar al que lleva el protagonista del manga, o el mundo desolado que se nos presenta. Y visuales. Es perceptible el uso de grandes planos generales y primeros planos del spaghetti western, que se intercambian en un abrir y cerrar de ojos.

Argumentalmente hablando, Ghostland bebe de una fuente que le es muy cercana al realizador, el chambara o cine de samuráis. Sono, conocedor de estas historias, aplica a su personaje principal las virtudes y defectos que caracterizan a los protagonistas de estos filmes. Estos son hombres que vagan por el mundo tratando de huir del pasado, y aplicando justicia para cambiar las normas establecidas. Es así como Prisioneros de Ghostland se remonta a la saga cinematográfica de El Lobo solitario y su cachorro. Estas películas, surgidas en los años setenta, nos narran la historia de un rōnin (samurái sin señor) que cuida de un bebé. Asimismo ocurre en el largometraje de Sono, en el que Cage deberá proteger a una joven de los peligros del mundo exterior.

Nicolas Cage, lleva sobre sus hombros todo el peso dramático y narrativo del largometraje. A partir del guion de Aaron Hendry y Reza Sixo Safai, el actor logra crear una película cien por cien suya. En ella nos ofrece un recital de violencia, gritos, miradas penetrantes y locura muy propia de él mismo. La combinación entre la propuesta visual del director y su interpretación desmedida, es un festival muy propio del cine de explotación de la década de 1980. Por lo tanto, asistimos a un festín de momentos ridículos. Como aquel en el que Cage habla japonés o hace de figura mesiánica. Pero también hay otras escenas más serias en las que el silencio narra y deja brillar el estilo visual de Sono. Por consiguiente, lo que aquí vemos es un homenaje a un tipo de cine que definió una época. Solo por eso, no puede caer en el olvido.
 

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