Rosana G. Alonso
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En la exposición que el Museo Reina Sofía dedica a Piet Mondrian y De Stijl, la obra de madurez de Mondrian eclipsa un recorrido que se perfila revelador

Mondrian en el Museo Reina Sofía | StyleFeelFree

Izq. Composición C (nº 11) con rojo, amarillo y azul, 1935; dcha. Ritmos líneas negras 1937/1942 de Piet Mondrian | StyleFeelFree

Piet Mondrian pensaba que una obra de arte debe irradiar, igual que lo hace la luz solar. Así lo afirma Hans Janssen, comisario de la exposición que ahora vemos en el Museo Reina Sofía, dedicada a su figura y al grupo y revista De Stijl (El estilo) del que formó parte. En la muestra en la pinacoteca de arte contemporáneo, el célebre pintor está acompañado, precisamente, por sus compañeros de De Stijl, núcleo de investigación que impulsaría una profunda renovación del arte en el primer cuarto del siglo XX. Aquí destacan, además de Mondrian, los nombres de Jacoba van Heemskerck, Bart van der Leck y Theo van Doesburg. En conjunto, y a través de la sinergia que establecieron, pretendían alcanzar un arte verdaderamente visual que favoreciera una fusión con la vida. Por otra parte, querían abarcar todos los campos de la cultura. Fusionando pintura y arquitectura anhelaban transformar el mundo.

El recorrido propuesto, no obstante, no hace sino conducir la mirada hacia el trabajo de madurez de Mondrian, que podríamos definir como el contrapunto luminoso del artista. Aquí nos detenemos. En la definición del arte abstracto, que propuso el artista, como engranaje para la liberación, contemplamos ahora la mecánica de la oposición capturando una energía cuantificable. En este sentido, se podría afirmar que si Malévich con el suprematismo capturaba la entropía del universo, Mondrian revela la exergía que puede tener un fin fructuoso.

La luz de un Mondrian

En las obras que Mondrian ejecutó a partir de los años veinte, había una intencionalidad de exponer zonas de luz ponderadas. Lo vemos en el uso conciso del color y la línea. Nos quedamos absortos ante estas áreas de luz franqueadas por gruesas líneas negras que perseguían encerrar la pureza de luminarias, libres de interferencias. La belleza siempre fue una máxima en el vocabulario pictórico del padre del neoplasticismo. Y con esa intencionalidad podríamos resumir su investigación artística estableciendo cinco pilares básicos. El orden, el equilibrio, el ritmo, la idea de universal y la liberación de la energía. A través de estas premisas trató, durante toda su vida, de perseguir un ideal. Su intención era mostrar el poder de la pintura. Plasmando la plenitud radiante de la existencia. Mostrando una realidad circundante que perfila lo ilusorio.

Mondrian, por otra parte, no pretendía orientar ni instruir al espectador sino retarle a mirar desde la conciencia de la mente. Sin embargo, no podemos percibir su arte adecuadamente si no entendemos el contexto en el que se realizó. Junto a Theo Van Doesburg, creador de De Stijl, quería destruir el viejo mundo del arte. El arte abstracto que instauró rompe con todo. Una nueva plástica que remite a una experiencia del mundo vinculada a la modernidad. Una identidad expresiva que vista desde la actualidad nos traslada a un siglo XX en el que el arte se liberó de imposiciones. Y aunque lo artístico contemporáneo está investigando cauces de relacionarnos con lo extraño, Mondrian sigue ocupando un lugar privilegiado. Sus obras recogen un abecedario en el que encontramos los fundamentos básicos de un estilo inconfundible que sienta las bases de todas las artes, aboliendo jerarquías.

Artículo a propósito de la exposición ‘Mondrian y De Stijl’ en el Museo Reina Sofía (hasta el 1 de marzo de 2021)