Rosana G. Alonso
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En su nueva performance, activación de su libro All the Things I Lost in the Flood (2018) que pudimos descubrir en el Museo Reina Sofía, Laurie Anderson hace un barrido por su trayectoria artística para situarse, optimista, ante un presente contradictorio y desesperante

Laurie Anderson | StyleFeelFree
La artista Laurie Anderson durante la performance que tuvo lugar en el Museo Reina Sofía con motivo del Festival Rizoma| Foto: © StyleFeelFree

Como si recogiese uno a uno los pedazos de un espejo roto sobre el suelo, Laurie Anderson con su nueva performance, presentada esta semana en el Museo Reina Sofía con motivo del Festival Rizoma, recompone su propia biografía tanto artística como, incluso, personal al rememorar a Lou Reed. Su nuevo trabajo es la representación sobre el escenario de su recientemente publicado libro de ensayos, All the Things I Lost in the Flood (Todas las cosas que perdí en la inundación, 2018). Pinceladas de un mural en el que tienen cabida fragmentos de obras que ha ido ejecutando a lo largo de su dilatada trayectoria y que completan ahora un itinerario que da valor a lo abstracto, reivindicándolo. Un abstracto envuelto en códigos, voces, melodías o chirridos, según se precie, que salen de su violín o de su boca, imágenes visuales e incluso, posiciones de taichí que buscan el equilibrio en un mundo desquiciado que solo puede ser puesto en valor desde lo indefinido. No seamos nosotros los traidores que lo pisoteen.

Laurie en este nuevo proyecto se sitúa, no obstante, como mediadora que trata de relativizar el desorden, la pérdida, el desajuste, con un optimismo que desafía a la propia naturaleza de las cosas. No descifra códigos pero ayuda al público dándole las claves para hacerlo. La primera, reaccionar. Ante la indignación, chillar al más puro estilo Yoko Ono. Pero también reconoce que tiene dos cosas claras en la vida. Una, “no estamos aquí para sufrir, sino para pasarlo bien”. Dos, “hay maneras de ser infeliz que dan felicidad”. No hace falta preguntarle a qué se refiere para intuir que los preceptos que nos marcan desde fuera para ser feliz, no tienen por qué conducir a la felicidad ya que es posible, según cuenta Laurie Anderson evocando a Moby-Dick, que “lo que buscas durante toda una vida, te acabe comiendo vivo”.

La artista multimedia estadounidense es ante todo una narradora de modos que se han perdido, en favor de mensajes cortos en una era digital que promueve una atrofia del lenguaje. Narradora del relato no oficial de EEUU, en donde tiene cabida desde Herman Melville con su calidoscópica Moby-Dick a quien le dedicó su Songs And Stories From Moby Dick, hasta Donald Trump. ¿Cómo no tener presente al hombre que podría estar maquinando la venta del mundo? No pretende en cambio ser la voz de una verdad a la deriva, corrompida por las falsas noticias. Su carácter cuentista, narradora como es de lo indefinible que no encuentra respuesta o prefiere dejarla en el aire [algo evidente al esbozar solo el principio de Las aves, comedia de Aristófanes, para hacer un paralelismo con la idea de Trump de construir un muro entre EEUU y México] le sirve además para ordenar su propia vida, relativizando la pérdida que comienza siendo algo palpable cuando en 2012 una inundación provocada por el huracán Sandy arrasó muchos de los recuerdos de la artista. A partir de aquí, volver a empezar, retomar el punto de partida, desde el que valorar, por ejemplo, lo que realmente importa. Estar aquí, hoy, como observadores y observadoras de lo intangible.

Ella misma junta todos los desórdenes de la era digital, pedazos de ese espejo en el que se refleja toda una vida propia y por extensión, de otros, para hacer una creación alquímica. No es de extrañar que los alrededor de 400 espectadores que tuvimos ocasión de gritar a pleno pulmón durante la performance a petición de la propia Laurie Anderson [cada cual por sus causas. Propias o ajenas] nos pusiésemos en pie al terminar su actuación, resumen de una vida en la que advierte: “Nos estamos ahogando en nuestras propias historias”. Historias que han dejado de ser porque han dejado de articular la propia voz interior. Voz inoportuna a veces. Que grita, que tiembla, que es un equívoco sí o un inapropiado no; y a veces, un quizás.

 

Esta performance de la artista estadounidense Laurie Anderson dio el pistoletazo de salida a la VI Edición del Festival RIZOMA y ha estado organizada por el Museo Reina Sofía en colaboración con dicho festival que une cine, arte y música en Madrid, desde el 14 de noviembre, hasta el próximo 2 de diciembre.