Alex Vargas
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Planteando la muerte como a un viejo amigo con el que uno se encuentra, ‘El primer día de mi vida’ reflexiona sobre el valor de la existencia en retrospectiva, encontrando en el recuerdo un motivo para sonreír

El primer día de mi vida | Película | StyleFeelFree. SFF magazine
Imagen de la película El primer día de mi vida | StyleFeelFree. SFF magazine

«No entres docilmente en esa buena noche. Que al final del día debería la vejez arder y delirar. Enfurécete y ruge, ante la muerte de la luz». Con esas palabras comenzaba Dylan Thomas uno de sus poemas más brillantes. Un relato que rechazaba la apatía con la que su anciano padre abrazó el final de la vida y volvió a la tierra sin cuestionar su propia mortalidad. Sin embargo, el poema de Thomas plantea un problema de base. Su perspectiva nacía desde los ojos de un hombre joven y lleno de energía. Un hombre que a pesar de perecer súbitamente dos años después a causa de una enfermedad, discernía la muerte solo como un futuro lejano. Así, Dylan Thomas falleció ignorando una verdad universal: mientras unos ven en la muerte un aterrador recuerdo de que el tiempo es limitado, otros encuentran en ella una paz incomparable, eterna e indolora.

El primer día de mi vida es partidaria de lo segundo. Una película preocupada por desmitificar la leyenda negra que rodea el suicidio dando voz a aquellos que deciden poner fin a su vida. La cinta presenta una idea simple: ¿qué pensarían los muertos si pudieran vivir para ver las consecuencias de sus actos? Este puede parecer un planteamiento cruel, y sin embargo, es todo lo contrario. La cinta de Paolo Genovese sitúa al espectador en un limbo entre la vida y la muerte junto a un elenco de personajes que, tras quitarse la vida, reciben la oportunidad de echarse atrás. Así, la película unifica un misticismo muy peculiar con el día a día de los ciudadanos de una Italia moderna, todos asediados por diversos traumas. A pesar de esto, El primer día de mi vida es más realista que trágica, encontrando una esperanza indoblegable en la belleza de vivir.

La fotografía de Fabrizio Lucci abre las puertas de una ciudad de blancos y negros. Paolo Genovese muestra la soledad de las grandes urbes en contraposición con la hermandad que se forma entre un grupo de completos desconocidos unidos por un trauma en común. Esto último, por supuesto, es central para la trama. El dolor que los personajes experimentan viene de muchos lugares: la pérdida de un ser querido, insatisfacción con la propia vida, el deseo de pertenecer… Las causas son tan diversas como personas hay en el mundo, y de ellas va esta película, de personas, en sus altos y bajos. En consecuencia, forma un retrato claro de una sociedad en declive, aunando una cinematografía asentada en el realismo urbanita con un apartado sonoro con sus más y sus menos. Sin embargo, El primer día de mi vida triunfa a la hora de crear un relato desgarrador sobre la soledad, encontrando esperanza hasta en su momento más oscuro.
 

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