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Masterclass de cómo sintetizar correctamente guion y dirección, ‘Los cinco diablos’, de Léa Mysius, resulta ser una película repleta de lecturas subtextuales

Los cinco diablos | StyleFeelFree. SFF magazine
Imagen de la película Los cinco diablos | StyleFeelFree. SFF magazine

Los cinco diablos nos sitúa, desde su inicio, dentro de un hogar en constante tensión reposada. Las secuencias iniciales carecen de sonrisas, un motivo que siempre sorprende cuando se trata un tema como la familia. Por otra parte, en esos primeros minutos de metraje se muestra una foto de la pareja posando felices sobre un fondo azul. Así, se connota la idea de que, en algún momento, sí que hubo felicidad. Al mismo tiempo, se plantea la pregunta de en qué momento se torció todo, la cual motiva el desarrollo de la trama. A partir de esta premisa, se construye un entorno que recuerda a películas como Suspiria, donde las mujeres están estrechamente relacionadas con la brujería. No obstante, sin limitarse a ser una chistera repleta de recursos vacíos a nivel narrativo, la magia funciona como un medio y nunca como un fin.

Por las mañanas, Joanne sale a nadar en un lago de agua helada. Es así como la dirección narra el carácter de una madre de familia que ha mitigado sus impulsos primarios sumergiéndose en una vida orientada hacia lo meramente pragmático. De esta manera, se relaciona el color azul, que domina este espacio, con el carácter excesivamente racional de Joanne. Por contraparte, el color rojo funciona como una antítesis a nivel conceptual dentro de la paleta de colores. En otras palabras, la colorimetría expresa la lucha interna entre la razón y el deseo, una de las ideas principales del filme. Dentro de esta lectura, el personaje de Julia Soler representa el fuego, esa pasión que Joanne ha olvidado. Cuando ambas se vuelven a unir, la trama le brinda a Joanne la oportunidad de dejar atrás el letargo emocional en el que lleva tantos años ahogándose.

Además, el subtexto implícito en el guion se expresa magistralmente mediante una puesta en escena repleta de simbología. Sin ir más lejos, la casa donde vive la familia Soler está en la calle de las Lilas número 14. Esto se debe a que el color lila representa la síntesis del rojo y el azul, las dos fuerzas antagónicas enfrentadas durante la obra. Asimismo, el número de pájaros que Vicky posee coincide con los integrantes de su hogar. Cuando una de las aves fallece, se antecede el fatídico porvenir de los Soler. Por último, el olfato ultra sensorial de Vicky podría ser una alegoría de esa intuición tan aguda que tienen los más pequeños. A fin de cuentas, por mucho que nuestros padres se esfuercen en discutir a nuestras espaldas, todos sabemos cuándo algo va mal en casa.
 

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