Rosana G. Alonso

Como un bálsamo que no borra las heridas, pero las atenúa, ‘EAMI’ conecta lo mágico con lo real para rescatar la historia de los ayoreo totobigosode del Paraguay

EAMI | StyleFeelFree
Imagen de la película EAMI | StyleFeelFree

La tierra ancestral de los ayoreo totobigosode, en el Chaco de Paraguay, lleva mucho tiempo siendo saqueada por la deforestación y la explotación ganadera. Por ello, las comunidades nativas, perseguidas y amenazadas de distintas formas, fueron expulsadas de sus tierras sagradas. Con sus bosques quemados, las maquinarias destruyendo todo a su paso y su integridad física en peligro, se vieron obligadas a dejar sus aldeas. EAMI, la película de Paz Encina que acaba de llevarse el Tigre IFFR 2022, narra su historia. Un relato sumido en el dolor aliviado por cómo la cineasta paraguaya homenajea la cultura ayoreo-totobiegosode rescatando su mitología. Con una delicadeza que impregna cada imagen, respetando los tiempos, acompasando su narración con los sonidos de la naturaleza, EAMI se convierte en canto. Un canto a la vida. Y una forma de reverenciar la naturaleza. Y también de despedirse de lo que más se ama.

Paz Encina depura y enaltece líricamente su modo de acercarse a lo audiovisual. Si con La hamaca paraguaya su ensimismamiento pictorialista no acababa de encontrar puntos de fuga, ahora sublima la imagen para acercarla al espectador. Se puede oler y sentir el bosque como si paseásemos por él descalzos. Y es fácil conectar con el dolor del pueblo ayoreo totobigosode a través de los retratos —con los ojos cerrados— que nos transportan a un lugar para el recuerdo. También necesario para la sanación. Sanar la herida abierta por lo que se ha perdido, lo que es irrecuperable. Y aun así, despertar al grito de la vida. Abriendo los ojos a otra realidad que nos impulsa a seguir viviendo para recordar aquello que perdimos. Porque con el recuerdo, vuelve a florecer el espíritu de los que fueron forzados a dejar el bosque. Y los que se extraviaron.

Repleta de simbolismos, EAMI es polisémica. Responde al nombre de una niña, pero también a cómo los ayoreos llaman al bosque. Entre lo documental y lo ficcional, entre lo mágico y lo real, el filme transita por mundos imaginados, soñados; y al mismo tiempo, certeros. De esta forma, la niña que guía el relato, conducida por un lagarto, se sumerge en el bosque, una vez más, para conectar con sus ancestros. Para recordar a su madre, a sus abuelos, a su gente. Es la última oportunidad de conectarse con ellos antes de tener que abandonar el monte ayoreo para siempre. Un lugar que sobrevivirá porque ahora podrá llevarlo consigo misma allá donde vaya. Luminosa y apacible, EAMI es un bálsamo que no borra las heridas, pero las atenúa. Exquisitamente tratada, marca las pautas para un nuevo cine de denuncia que no hurga en la herida, sino que busca cerrarla.