Hay historias difíciles de entender sin haberlas vivido, es por eso que Manuela Vellés e Ibón Cormenzana se enfrentan en ‘Culpa’ a una obra que es cruda y vívida a partes iguales

Culpa | StyleFeelFree
Imagen de la película Culpa | StyleFeelFree

Desde el inicio de la industria cinematográfica la mayor parte de personajes y tramas relacionadas con mujeres han sido escritas y dirigidas por hombres. Por ello, resulta evidente que femenino es uno de los términos más deformados de la historia. El rostro de una geisha o la seducción vacía en James Bond distan mucho de la realidad. Esto último, se hace más claro al presenciar las obras de artistas como Forugh Farrokhzad, Kinuyo Tanaka o, en este caso, Ibon Cormenzana —director y guionista— y Manuela Vellés —actriz y guionista—. El lenguaje femenino está más cerca de la sangre y las miradas incómodas que de las curvas perfectas. Con todo esto, Culpa nos trae un lenguaje pulcro y cargado de tragedia, la historia de una violación y sus cicatrices.

En el cine hay secuencias icónicas. Escenas que incluso extirpadas del contexto de su cinta siguen funcionando. Estas, suelen ser historias autoconclusivas con extrema puntería a la hora de expresarse. Algo así como diminutos cortometrajes dentro de la marisma de una película. De esta forma, encontramos ejemplos en obras como Scream (1996) de Wes Craven. En esta última, la narración de un asesinato sirve como pretexto para mostrar un perfecto manejo del terror y la intriga. Otro caso lo encontramos en los últimos minutos de Funny Games de Michael Haneke. En esta, la tragedia absoluta se mantiene en un plano constante y agonizante que quiebra el espíritu. Vinculado a esto, nos encontramos los primeros minutos de Culpa. Su primera escena es maestra. Un poema visceral rodado con la cámara de un móvil. Una secuencia que debe ser experimentada, no narrada.

El cuarto filme de Cormenzana como director es un ejercicio estoico. Aunque pueda no parecerlo, el presupuesto es una barrera gigantesca y, más aún, contando con un equipo de 5 personas como ocurre en Culpa. En primer lugar esto se traduce en una sobrecarga de trabajo. Un director con poco presupuesto tendrá que hacer también de productor, de director de casting y así hasta el infinito. Todas las personas tienen que cubrir demasiados puestos. A su vez, se complican los tamaños de plano. Si no hay suficiente presupuesto para crear grandes atrezzos, el equipo se verá en la obligación de basar la cinta en retratos y planos detalle. Todo esto, a Culpa no parece afectarle. A través de una actuación increíble llena de potencial y talento el realizador de La Cima alcanza una obra visceral (y femenina) capaz de medirse con los grandes presupuestos de Hollywood.
 

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