Pedro Navarro

Con una estructura no lineal, Matías Piñeiro articula en su última película, ‘Isabella’, un relato sobre la importancia de permitirnos un momento (o doce) de incertidumbre antes de tomar una decisión

Isabella | StyleFeelFree
Imagen de la película Isabella | StyleFeelFree

Una pasarela sobre el mar, una persona la recorre y cuando llega al borde, se detiene. El paisaje está teñido de los tonos violáceos del ocaso. Es el momento de la luz púrpura: una ocasión ideal para tomar decisiones. Para ello, comienza el ritual de las doce piedras, que consiste en ir lanzando una docena de rocas al mar, pero deteniéndose en cada una. Cada piedra es una oportunidad para permitirse dudar. Si dudas, no la tiras y te marchas. Si, por el contrario, llegases a deshacerte de todas, significaría que la decisión que vas a tomar es la correcta. Una ceremonia que sirve para elegir entre la acción y la inacción. Actuar, no actuar y dudar. En torno a estas tres acciones reflexiona la última película de Matías Piñeiro, Isabella, en la que defiende la incertidumbre como una parte imprescindible de la vida. Dudar nos ayuda a conocernos.

Como ya es habitual en su filmografía, el realizador argentino vuelve a trabajar desde un texto de Shakespeare, algo que ya hizo en cuatro de sus cinco largometrajes anteriores. Esta vez parte de la comedia Medida por medida para centrarse en la relación de amistad y rivalidad entre dos actrices que compiten por el papel principal de la obra, el de Isabella. Así, entre audiciones y ensayos, cargados de teatralidad, se cuela el día a día en escenas llenas de cotidianidad y diálogos que recuerdan al cine de Éric Rohmer.

Más allá de lo argumental, donde destaca notablemente Isabella es en lo formal. Mediante un relato no lineal, Piñeiro convierte la película en un puzle que va montando conjuntamente con el espectador. Se trata de una estructura narrativa que, además, encaja a la perfección con el contenido de la obra. Y es que esta fragmentación temporal consigue capturar lo cambiante de las relaciones humanas a través de las idas y venidas y constantes reencuentros de las protagonistas. La trama se va construyendo a partir de continuos saltos temporales, que se producen de forma inesperada, pero siempre certera. En ningún caso se trata de una estructura arbitraria, las revelaciones que conectan y comunican los bloques se distribuyen inteligentemente a lo largo del metraje. Además, el director coloca convenientemente una serie de hitos y referencias visuales que hacen que el espectador consiga situar los fragmentos en la narración global.

Por otro lado, el puzle que propone Piñeiro se completa con un juego de repeticiones constante. Los mismos elemento aparecen una y otra vez: las piedras, las formas geométricas, los colores. Así, en relación a los últimos, las protagonistas visten continuamente de rojo y azul, haciendo referencia al monólogo con el que empieza la cinta. En este se explica que la luz púrpura es “tanto rojo enfriado como azul entibiado”, representando fragilidad y fuerza a la vez. La ambigüedad y el equilibrio. Son conceptos que transmiten a la perfección esa relación indeterminada entre los personajes principales. Por muy experimental o abstracta que pueda parecer, Isabella es una obra perfectamente accesible y de lo más disfrutable.
 

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