Óscar M. Freire
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La vigilancia analítica de ‘Lone Wolf’, de Jonathan Ogilvie, se desvirtúa ante un rocambolesco guion de hierro que desampara lo que podría haber sido una gran apuesta

Lone Wolf | StyleFeelFree
Imagen de la película Lone Wolf | StyleFeelFree

Que vivimos en la era de la vigilancia constante, cercana a la utopía de George Orwell, es un hecho impepinable. La serie Person of interest o fenómenos como Gran Hermano han conseguido que nos acostumbremos al uso de las cámaras CCTV como expresión audiovisual. En los tiempos que corren, con teletrabajos y redes sociales plagadas de contenidos robados, más. Lone Wolf de Jonathan Ogilvie, de la sección Big Screen, no se queda a parte y hace de este recurso su arma capital para presentar un thriller de terroristas y conspiraciones políticas.

Partiendo de cámaras de vigilancia y móviles, la película se adentra en la vida de dos activistas seudoterroristas y un hermano discapacitado. Entre pantallas partidas, reencuadres digitales y micrófonos escondidos la trama visualiza la desgracia de estos marginados sociales. La propuesta, por un lado, supone una limitación formal que concentra el punto de vista a unos ángulos determinados, arriesgándose a mantener la tensión sin variación posible. Pero por otro, supone uno de los grandes hallazgos de la cinta, la introspección casi analítica de los espacios y los personajes. Gracias al imaginativo eclecticismo de los dispositivos, el lenguaje se transparenta y se tiene la sensación de asistir a una grabación cercana al documento real. De este modo, las interpretaciones — algo increíbles a veces — se apoyan en la verosimilitud de la imagen robada y la historia cobra un carácter más auténtico, en el sentido más específico de la palabra.

Lo que no parece muy auténtico es la inestable intención del guionista, seleccionando sin pudor el interés por sus personajes. La trama, al servicio de un género, se retuerce entre la investigación policial, el drama íntimo y la venganza política. Debido, quizás, a una ambición desmedida, la película rompe su propia coherencia, saltando de una personalización del relato a otra. Así, abandona la muy interesante propuesta observacional para dar explicación a decisiones que no tienen contestación ni siendo ficción. Escudándose tras los lobos solitarios se despacha el dolor de una pérdida accidental o los interés electorales de un ministro sin sentido de la justicia. Se dan respuestas a preguntas que ni el filme ni el espectador plantean, precipitando un final que, tristemente, olvida sus principios. A la hora de elegir, es difícil acompañar el camino que se traza y uno siente la soledad del espectador decepcionado ante tan suculenta promesa.