El alemán Christian Petzold vuelve a centrar su mirada en una historia de amor con ‘Ondina. Un amor para siempre’, un relato poético acerca de los fantasmas del pasado

Ondina. Un amor para siempre | StyleFeelFree

Imagen de Ondina. Un amor para siempre de Christian Petzold | StyleFeelFree

Basada en un antiguo mito de tradición oral, el origen de la historia de Ondina. Un amor para siempre se remonta a la Antigua Grecia. Al igual que lo hicieron en su día los románticos alemanes decimonónicos, Christian Petzold rescata la leyenda en su último largometraje. En esta reinterpretación, el escenario escogido por el director es Berlín. Ciudad que apenas vemos más que a través de las maquetas del Museo Municipal en el que trabaja Ondina como guía de urbanismo. Todo comienza cuando Johannes, el amante de la protagonista, le abandona por otra mujer, momento en el que —según dicta el mito— Ondina debería retornar a las aguas. En su renuncia a hacerlo, subvierte la estructura tradicional del cuento. Se niega a abandonar Berlín y poner fin a su historia, volviendo al punto inicial al enamorarse súbitamente de otro hombre, Christoph.

Al igual que en En Tránsito, uno de sus filmes anteriores, Petzold apuesta de nuevo por la química enigmática entre Paula Beer y Franz Rogowski para dar vida a sus protagonistas. Por un lado, el personaje de Ondina vive su propio eterno retorno espiritual. Por otro, Christoph parece en busca de lo que ella huye. En su afición por intercalar sutilmente lo real y lo fantástico, el cineasta alemán dirige un relato profundamente poético en el que la magia ocupa un papel fundamental. La fantasía que subyace en la trama se intuye en los elementos menos tangibles de la película, jugando a querer ser confusa.

Esto último se siente justificado, aunque al tiempo se percibe como un sobreesfuerzo narrativo por parte de Petzold. Paradójicamente, el ánimo del director por enredar en exceso las historias de Christoph y Ondina acaba ignorando su profundidad. La narración avanza paralela a la intensidad con la que la magia se inserta dentro de la realidad. Eso es lo que le da valor añadido a las escenas más mundanas, que por otro lado resultan ser las más bellas. Lo inexplicable —el amor, lo desconocido que habita en la profundidad de los lagos— se inserta dentro de lo que es observable —la superficie, el Berlín reconstruido—. Al final, el hechizo de Ondina. Un amor para siempre reside en aquello que no vemos.
 

Consulta los ESTRENOS DE LA CARTELERA DE CINE DEL 2020 con valoraciones de películas