Rosana G. Alonso
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Con César Díaz, en ‘Nuestras madres’, nos acercamos a un episodio de la historia latinoamericana bastante menos conocido que las dictaduras argentinas y chilenas

Nuestras madres | StyleFeelFree
Imagen de Nuestras madres | StyleFeelFree

El cine nos ha acercado en varias ocasiones a las dictaduras argentinas y chilenas. Países, no obstante, con una industria cinematográfica muy desarrollada. En cambio, poco se sabe de otros episodios negros de la historia que han teñido de dolor toda Latinoamérica. Sin ir más lejos, la Guerra Civil de Guatemala, aunque duró más de tres décadas (1960-1996), es un periodo, en general, bastante desconocido. Solo por esa razón, Nuestras madres ya es una película que suscita interés. A pesar de que no retrata la contienda en sí, sino sus consecuencias. César Díaz, el guatemalteco afincado en Bélgica que firma este trabajo, rastrea las secuelas del conflicto armado en su primera película de ficción, que resultó ser una de las grandes sorpresas de Cannes, alzándose con el Premio Cámara de Oro de la Semana de la Crítica.

A través de las artes visuales hay artistas que han dado a conocer la Guerra Civil Guatemalteca que se ensañó sobremanera con las poblaciones indígenas. Tal es el caso de Luis González Palma que en sus primeras obras lo afrontó con una carga lírica que, en adelante, envolvió todo su trabajo. En el terreno de lo cinematográfico, no es solo que se haya abordado muy poco un conflicto que sigue empañando el presente. El problema real es que apenas se distribuye cine de este país en España, inclusive, cuando empieza a haber una nueva generación de cineastas que están empezando a hacer ruido —Jayro Bustamente, Sergio Ramírez, Ana Isabel Bustamente o Julio Hernández Cordón, son algunos de estos nombres—. Ello me lleva a pensar en la necesidad de un compromiso más fuerte con el cine hecho en el conjunto de Latinoamérica, con quienes compartimos, además, idioma e historia.

Volviendo a Nuestras madres, la película de Díaz es un drama que tiene un grado de parentesco con el documental El silencio de Otros. En ella, a través de las figuras de un antropólogo forense y su madre, víctima del conflicto armado en Guatemala, nos experimentamos referenciados, con las personas desaparecidas durante la Guerra Civil. El relato que propone el guatemalteco es, en este sentido, un ejemplo de recuerdo y de resiliencia que no busca las causas del conflicto. Lo que pretende es armar el esqueleto humano de los olvidados, para dignificar su existencia. Más allá de esto, la cinta, aunque arranca y cierra con una escena locuazmente filmada, en la que se reconstruye una figura humana que explica los sucesos fragmentados, es torpe en la narración y la dirección de unos actores que, si bien están retratados desde una perspectiva naturalista, no consiguen transmitir verdadera emoción.

Es probable que, en el intento de César Díaz de evitar la victimización, se le haya escapado la oportunidad de conmover a un espectador que muy posiblemente tendrá la sensación de que los principales, e incluso los primordiales secundarios —esas mujeres tan reales, que bien podrían haber sido víctimas del genocidio—, están contenidos o ajenos a la historia —también influye que los dos protagonistas tengan acento mexicano—. De hecho, Armando Espitia, que protagoniza Nuestras madres, está correcto; pero da muestras de una inexpresividad e impasibilidad que no justifica su cometido e implicación en la causa. Muy alejado está aquí del ímpetu que mostró con Amat Escalante en la sobrecogedora —y excelente— Heli.

Por otra parte, en su intento de articular el documento histórico y la ficción, el cineasta tropieza en la concatenación de uno y otro. Acabamos encontrándonos con dos exposiciones de los hechos paralelas. A saber, por un lado, la investigación de Ernesto vinculada a su trabajo, que hubiese podido servir de hilo conductor para explicar con más atino el genocidio maya guatemalteco, orquestado por los EEUU. Y en un giro inesperado de la trama, una revelación que rescata el perfil de la madre de Ernesto, hasta el momento, relegada en la escritura.

Separadamente, hay episodios singulares como la secuencia que retrata a las mujeres indígenas supervivientes, o el plano que reúne a madre e hijo tras conocer los resultados de las pruebas de ADN que les concierne. Como ya mencionaba, asimismo destaca el epílogo en el que afortunadamente, apreciamos un orden que mitiga la irregularidad de un proyecto que, con todo, tiene interés y algunos primeros planos muy elocuentes.
 

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