Rosana G. Alonso

El artista italiano Mario Merz recupera en el Palacio de Velázquez el lustre de una obra consagrada a la idea de libertad

Mario Merz | StyleFeelFree
Obra: Impermeabile (Impermeable), 1963-1978 de © Mario Merz | Foto: © StyleFeelFree

Volver sobre lo hecho, aunque ello signifique empezar de cero, implica reconocer que el presente está construido por un cronista caprichoso y ególatra que no mira atrás, salvo para nutrirse de la experiencia ajena y vanagloriarse en la creación de nuevos artefactos consumibles. De ahí que el arte quede muchas veces eclipsado por la grandiosidad de los narradores más convenientes del momento, aunque todo proceso artístico sea deudor de la historia, así como el relato resultante proceda de un común de fuerzas que dialogan entre sí. La retrospectiva sobre Mario Merz en el Palacio de Velázquez, El tiempo es mudo, pone de manifiesto este proceder en su empeño por tratar de evitar los estatutos de buena parte de la práctica artística actual.

En vida del artista, este fue una de las figuras más respetadas por su contribución a una dinámica que articuló un corpus complejo, de contradichos complementarios que dialogaban trazando una línea discontinua de mitologías. Signos que unían el hoy con el ayer agitándose de lo real saltando hacia el subconsciente, y viceversa. De lo utópico a lo práctico. De lo depurado a lo brutal. De lo estético a lo existencial. De lo ordinario a lo extraordinario. De lo aparatoso a lo modesto. Y de lo caótico a un orden natural que encuentra relación con su predilección por la sucesión de Fibonacci, una fórmula matemática que describe un modelo de crecimiento recurrente en el mundo biológico. Merz, absolutamente ubicuo. Por su destreza para amoldar técnica y pensamiento a una coyuntura que necesitaba respuestas urgentes. No obstante, su praxis quedó catalogada en lo que se conocería como Arte Povera. Pobre, más por una actitud política que privilegia los márgenes, que por su escrupulosa metodología de trabajo.

Tras su fallecimiento, como recuerda Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía y comisario de la exposición junto a Beatrice Merz, su poética y filosofía de obra, quedó relegada al olvido porque si por un lado el mercado es demandante de novedades, por otro, su quehacer tenía asociado un entramado difícil en conexión con el momento histórico que se produjo en 1955 cuando el laboratorio del MIBI (Movimiento por una Bauhaus Imaginista) se trasladó a la ciudad piamontesa de Alba (Italia). En esta localidad se gestaría un importante centro de investigación y teorización artística que acabaría desembocando, dos años después, en la Internacional Situacionista. Debord, Asger Jorn, Constant o Pinot-Gallizio, serían algunos de los nombres vinculados a un movimiento que no entendía el arte separado de la propia existencia.

Planteada como un reto de ser fiel a los ideales del artista, al que según parece no le interesaban los recorridos que privilegian un comisariado convencional que opta por un orden meramente cronológico, lo que vemos en esta muestra es un trazado interactivo. Obras que se relacionan articulando desde el pasado la historia de nuestros días. La ecología, la naturaleza, la ciudad, el hábitat… plantean discursos más sustanciales hoy que ayer. ¿Cómo vamos a afrontar las crisis ecológicas sin incrementar los desajustes sociales? ¿Dónde vamos a colocar a una población que crece sin medida en Asia y África, cuando los recursos son escasos y están monopolizados? Y transitando estas cuestiones, una que implica al artista, ¿cuál es su papel en una sociedad inmersa en el ahora, a la que no le interesa reflexionar sobre las derivas del futuro, si no le afecta directamente en su presente inmediato, tan vinculado a la satisfacción material?

Escuchar la voz soterrada de Merz entraña trazar un espacio en donde lo mágico y lo ancestral se cruza con lo real, para transportarnos a un estado de conocimiento en el que la mente empieza a hacer asociaciones libres. Lo vemos en las luces de neón que avanzan la idea de modernidad en convivencia con elementos preindustriales. Y lo vemos en los inconfundibles iglús, esenciales en su práctica como paradigma de libertad. Libres para habitar libres, en espacios libres. Libres para construir libres, sin necesidad de materiales convencionales que coarten el proceso, que tiene que ser libre. Libres para observar libres, sin estar sujetos a patrones preconcebidos por otros, de ningún modo libres. Libres para sentir libres, sin cargar con el peso de una conciencia o moral alterada en la que no nos reconocemos, porque ansiamos ser libres. Libres, si es posible ser libres, para alcanzar la libertad. Esa posibilidad y sus incertidumbres intrínsecas son parte sustancial del proceso artístico de Mario Merz. En un tiempo que imaginaba mudo, transitando un camino en espiral que vuelve a conducirnos al origen de todo.
 

Mario Merz | StyleFeelFree

Obra en primer plano: Igloo di Giap (Iglú de Giap), 1968; al fondo: Sin título, 1982, ambas de © Mario Merz | Foto: © StyleFeelFree

Mario Merz | StyleFeelFree

Obra: Tavolo a spirale (Mesa en espiral), 1989 de © Mario Merz | Foto: © StyleFeelFree

Mario Merz | StyleFeelFree

Obra en primer plano: Igloo Fibonacci (Iglú Fibonacci), 1970 de © Mario Merz | Foto: © StyleFeelFree

DATOS DE INTERÉS
Título: Mario Merz. El tiempo es mudo
Artista: Mario Merz
Comisariado: Manuel Borja-Villel y Beatrice Merz
Lugar: Palacio de Velázquez del Parque del Retiro (Museo Reina Sofía)
Fechas: del 10 de octubre de 2019 al 29 de marzo de 2020 (ampliada hasta el 30 de agosto)
Horario: consultar
Actividades: Arte, naturaleza y decrecimiento. Recorridos a partir de Mario Merz (lunes 28 de octubre y martes 5,12 y 19 de noviembre de 2019 a las 17.00h. Entrada gratuita mediante inscripción previa en actividades.culturales@museoreinasofia.es
Precio [entrada a exposición]: acceso libre