Rosana G. Alonso
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Acercándose para registrar el gesto Erige Sehiri, en ‘Entre las higueras’, también sabe cuándo alejarse para captar el sentir de una generación que mira el mundo con esperanza

Entre las higueras | Película | StyleFeelFree. SFF magazine
Imagen de la película Entre las higueras | StyleFeelFree. SFF magazine

Con una trayectoria asentada en el documentalismo, la incursión de Erige Sehiri en la ficción sigue manteniendo una constante de naturalismo que imprime en Entre las higueras. Es el primer largometraje de la franco-tunecina y en él observa a su alrededor. Lo hace buscando en el detalle la señal que dibuje el sentir de las nuevas generaciones. Entre la tradición y la apertura hacia recientes formas de comunicación y relación los jóvenes se distancian de las generaciones que les preceden. Esto es muy visible en esta panorámica coral que se detiene en lo cotidiano a lo largo de una jornada laboral. Desde que amanece, en un caluroso día de verano, la cámara sigue el trayecto de un grupo de trabajadores temporeros. La mayoría son mujeres y de estas, las de menor edad, son las protagonistas de una faena salpicada por la voluptuosidad emocional.

Entre las higueras avanza parsimoniosamente, delicada en el gesto de observar y registrar la naturaleza de lo que ve a su alrededor. Las higueras, con su magnificencia protectora, son testigos de lo que acontece. Asimismo, concretan la naturaleza de un filme decidido en su afán de delimitar un espacio abierto donde la sensualidad cruje como las hojas de estos árboles. Es una arboleda que ocupa una extensión de terreno amplio que sirve no solo de escenario, sino de sostén que ampara el relato. Precisamente, en el subtexto la narración se expande explicando contrastes que manejan a la perfección una nueva ola de cine tunecino encabezada por mujeres como Leyla Bouzid o Kaouther Ben Hania. Influenciadas por la Primavera Árabe, no pueden evitar una mirada política en lo cotidiano. En su caso, Sehir es muy sutil al respecto.

En una primera mirada, Entre las higueras parece tener más cosas en común con Abbas Kiarostami que con Amal Ramsis, por poner un ejemplo bastante obvio. Sin embargo, lo pictórico, implícito en una paleta de colores desvaída y melosa, abre paso a una coyuntura social que estalla entre canciones, y sonidos, y confidencias. Cuando la jornada acaba y las chicas se maquillan y abandonan el lugar de trabajo, cantando también, se puede entender que la directora quería cerrar el filme con un rayo de esperanza y libertad. Sin embargo, esta esperanza no deja de ser un bosquejo de una mirada de soslayo, legítimamente ingenua, cuando la vida está en proceso.

La cineasta tunecina solo acompaña a los personajes permitiendo al espectador participar de este ejercicio de honestidad que seduce, sin necesidad de subrayar la carga dramática. Aparece en momentos puntuales, pero sin desbordarse. De hecho, una de las escenas más emotivas y contenidas es cuando Leila Ouhebi, una mujer de mediana edad, canta un lamento sin poder contener las lágrimas recordando un amor que no pudo ser. Por el contrario, las chicas jóvenes todavía contemplan la posibilidad de ser libres para amar y defender con orgullo sus derechos. El derecho a sus cuerpos, a sus deseos, a un modo de vida que escurre el peso de un patriarcado que Sehir vigila tomando cierta distancia. Cuando se acerca, y se acerca mucho, es para deleitarse en el placer gestual e íntimo del encuentro. La delicadeza con la que lo hace es magistral.
 

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