Rosana G. Alonso

Buscando un equilibrio que favorece la trama ‘Pleasure’, el primer largometraje de la sueca Ninja Thyberg, se adentra en la industria del porno para que nosotros mismos saquemos conclusiones

Pleasure | StyleFeelFree
Imagen de la película Pleasure | StyleFeelFree

Cuando Bella, la protagonista de Pleasure, llega a Los Ángeles tras abandonar su Suecia natal, un agente de aduanas le pregunta si viaja por negocios o placer. Ella le responde que por placer, haciendo un guiño al título de la película e introduciendo de forma muy sagaz al personaje. Una chica que parece tener claro el lugar que quiere ocupar, su relación con su cuerpo y su disfrute personal. Mezcla de confianza en sí misma e ingenuidad, se presenta ante la audiencia no para que la cuestione, sino para que la siga en su viaje. Una aventura que para Ninja Thyberg, que firma su primer largometraje después de una retahíla de cortos a sus espaldas, supone una ocasión para investigar en la industria del porno.

En una sociedad digitalizada, la pornografía ha extendido sus redes y es evidente que las generaciones más jóvenes están familiarizadas con sus promesas de disfrute. Sobre esto parece girar la tesis de Pleasure, que utiliza a Bella como chivo expiatorio para que su sueño la alcance. La realizadora no busca, en cambio, victimizarla ni tampoco demonizar el porno. Su papel es el de alguien interesado en saber hasta dónde llega la industria en su afán de satisfacer a un mercado principalmente masculino. Vemos que las vejaciones están a la orden del día, pero también hay un lado más amable que vela por sus trabajadoras. No obstante, es difícil lidiar con el estereotipo en un negocio que se sustenta de él. Las chicas tienen que estar impecables, fetichizadas, absolutamente rasuradas, complacientes, dispuestas a todo. En el otro polo, están ellos, que no tienen que rendir cuentas salvo de su órgano sexual.

Thyberg sabe que el tema que tiene entre manos es un artefacto peligroso. Por eso, racionaliza la trama y ambiciona un complicado equilibrio para no posicionarse activamente en uno de los dos lados de la balanza. En este sentido, intenta focalizar su atención en su personaje femenino. A través de él podemos atar nuestros propios cabos. Sin embargo, y aunque hay una crítica a la industria, al menos a una parte, esconde también ciertos elementos para satisfacer a sus fuentes. No hay drogas, por ejemplo. Las fiestas que se suceden, tampoco se desmadran. Ni siquiera insinuaciones de que todo podría ser mucho peor. Quizás porque Bella, al fin y al cabo, tiene que ser una heroína, una joven que, a pesar de todo, no está dispuesta a ser objeto. Y eso es importante para dotar a las mujeres de herramientas, para una emancipación, que empieza con la toma de decisiones.

Adoptando un punto intermedio y racional, la sueca consigue enaltecer a una protagonista que toma el control de su vida, decidiendo en todo momento el lugar que ocupa o sabiendo hacia dónde va. Estoy aquí porque quiero. “Me encanta follar”, exclama después de contar una milonga que es lo que supuestamente esperamos escucharle decir. Pero en realidad, no hay drama. De ahí que se acentúe el color extasiándolo, y convirtiendo a la cinta en un dulce visual, que pretende tanto escandalizar como alumbrar. La realidad y la ficción se dan la mano porque la industria, al igual que ocurre con Hollywood, se mantiene gracias a ese halo de fantasía. Todo es fantasía que choca, de improviso, con una realidad de lobos y corderos, en una sociedad hambrienta. De sexo, de éxito, de poder.

Llama la atención, por otra parte, que Thyberg haya conseguido convencer a algunos de los protagonistas del porno internacional más relevantes, como ocurre con Mark Spiegler, uno de los mayores magnates de la industria. Eso es lo que nos hace sospechar que la crítica inicial se haya tenido que suavizar. Se agradece, porque el festín que nos espera también nos permite reflexionar, sin orientar la mirada, sobre la industria y sus puertas traseras. De lo contrario, podría acabar siendo una crítica descarnada que pidiera responsabilidades a las mujeres que trabajan en ella.

Somos nosotros, como sociedad, quienes tenemos que preguntarnos por qué la pornografía sigue sosteniendo una mirada tan machista. Esa es la pregunta a cuestionar. Quizás falte una revolución por venir, como está ocurriendo ya en el cine convencional. Porque, inevitablemente, cuando vemos algunas escenas no podemos evitar pensar en los acosos y violaciones perpetuados por manadas sexuales. Por eso, hay que considerar que, aunque no es apta para todos los públicos por su dureza sexual, es muy recomendable para que pensemos sobre la pornografía con cierta propiedad, reflexionando en sus repercusiones sociales.
 

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