Rosana G. Alonso

Tanta armadura y coherencia acaba por convertir a ‘El buen patrón’, de Fernando León de Aranoa, en una película a la que le falta aire para articular nuevos lenguajes cinematográficos

El buen patrón | StyleFeelFree
Imagen de la película El buen patrón | StyleFeelFree

El relato coral que teje León de Aranoa en El buen patrón bien podría ser la paradoja de Los lunes al sol. A pesar de ello, el cineasta prefiere considerar a su último proyecto el contraplano de una cinta que pronto cumplirá veinte años. Las diferencias entre ambos filmes son obvios. Especialmente, por la complejidad artística, que amalgama géneros, en El buen patrón. Una responde a un modelo, ya clásico, de un cine social que con el tiempo ha ido perdiendo contemporaneidad en los modos. La otra pretende, precisamente, lidiar con enfoques que buscan componer un mosaico de piezas que configuran un retrato social. Puesto que del paisaje del desempleo, ahora el autor de Barrio tiene que deslizarse hacia el paisaje del empleo precario, cambia de orientación. Sale de su zona de confort, pero hasta cierto punto. También hay guiños a Familia, su ópera prima.

No obstante, y a pesar de la temática, la película que nos ocupa tampoco entra en las entrañas del neoliberalismo. Aranoa ha optado por dibujar un posible escenario en el que ubicar a un pequeño empresario de provincias, que no ha descentralizado completamente su infraestructura. En la empresa de Blanco se congregan todavía un buen número de empleados que dependen de su gestión para salir adelante. Él, bochornosamente paternalista, se sabe con la batuta entre las manos para hacer y deshacer, buscando rentabilizar su negocio. El buen patrón tiene todos los ingredientes para agasajar a la audiencia. Aspira a ser divertido, atina con las luchas de la clase obrera, y consigue captar la atención hacia derroteros de interés social. Hasta ahí todo bien. Solo que a veces tal empuje, de pretendida veracidad, ubica en primera fila todos los defectos sociales sin alcanzar a ponerlos en tela de juicio.

A Aranoa, siempre lo he dicho, el cine español le debe mucho. Entró en los barrios, en las problemáticas sociales, desde una mirada que no rehuía lo desclasado. Lo hizo sin tintes, con un grado de veracidad que quizás, en el momento presente, se quede un poco anticuada. Porque toda aspiración social necesita, además, un ideal al que mirar. Tal vez él no quiera cambiar nada. Tampoco creo que esa fuese su intención nunca. Pero tal grado de ilusoria objetividad que se fija más en el esqueleto social que a sus flujos identitarios y mutables, al final puede resultar decepcionante. Porque no es inclusivo. Porque la sociedad no está solo conformada por tipologías. De lo masculino y de lo femenino específicamente. Incluso de lo obrero y de lo empresarial, que también tiende a construir identidades patológicas y reconocibles en el cine. Pero curiosamente, es lo excepcional lo que permite articular nuevos lenguajes en lo cinematográfico.

El buen patrón está muy bien armada y es coherente. Tal vez demasiado coherente y analítica. León de Aranoa mantiene la cabeza fría y no entra en cuestiones emocionales de más complejidad que ampliarían la mirada y romperían ciertos clichés. Tiene una mano soberbia, como director de temple, que desafía, observando, el cine tragicómico de Gastón Duprat y Mariano Cohn. Por otra parte, Javier Bardem está impecable, en uno de esos papeles que sabes que va a bordar antes de que se ponga a actuar. A pesar de sus evidentes logros, no es la película que llevo tiempo esperando de Aranoa. No hay sorpresas. Y esa falta de elasticidad me impide reír como lo hacen ciertos señores de avanzada edad, con las escenas entre el patrón y la becaria. ¿Hasta cuándo vamos a seguir así?
 

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