Rosana G. Alonso
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Dea Kulumbegashvili firma, con ‘Beginning’, un asombroso debut que indaga en las sombras de una inquietante psique femenina, que va al encuentro de Jeanne Dielman de Chantal Akerman

Beginning | StyleFeelFree

Imagen de Beginning | StyleFeelFree

Desde la primera secuencia, la ópera prima de Dea Kulumbegashvili sorprende por un encuadre y luz que parece interrogar cada plano. La subjetividad queda así inherente en cada fotograma. La poética de la imagen se remarca también con una intención que escapa a lo meramente estilístico. Con una cámara estática que invita al espectador a cuestionar la acción inmóvil, la cinta está en todo momento dispuesta a entrar en la psique de su personaje principal. Yana es una mujer desesperada, atrapada en un matrimonio que visiblemente le ha arrancado su individualidad. Su rostro es un mapa de su propia ausencia. Interpretada por la actriz Ia Sukhitashvili, esta caracterización, magistralmente tallada, de difícil calado, es un ejemplo extraordinario de la psique femenina en estado de alienación. A través de ella se ven las brechas sociales, los condicionamientos, las imposiciones derivadas de lo social y de la mente, incapaz de encontrar una salida.

Hay una señal que anticipa un drama bosquejado desde el principio. En una de las primeras secuencias que acontece después del perturbador inicio, Yana intenta mantener una conversación con su marido. “No puedo seguir así. La vida pasa como si yo no estuviera”, le dice. Él esquiva la conversación, y al mismo tiempo la trata con condescendencia. Infravalorando su estado mental le insinúa que piense y se comporte como una persona normal; o que acuda a un especialista. Aquí está la esencia de toda la trama. Después de este episodio, que pone sobre la mesa los indicios a su alcance, como espectadores podemos adoptar dos posturas. Una pasa por tratar de entender a este inquietante personaje que siempre está en el filo, como a punto de querer arrojarse al vacío, violentarse, desaparecer. Si lo hacemos, la película nos abre las puertas a sus insondables misterios.

Desde una mirada comprensiva, Beginning nos ofrece múltiples claves para que podamos entender cada una de las razones estilísticas y argumentales que asume. Las pausas, las distancias, los silencios, las luces, los espacios. Este ensayo de la condición humana que busca trascender su propia experiencia, se abre ante nosotros en todo su esplendor y su tragedia. Pero, lamentablemente, habrá quien se posicione en el desafecto, haciendo suyo el reflejo de la otra versión de la historia. En efecto, esta otra opción coloca a la audiencia al otro lado de la balanza. Desde esta posición se observa desde la soberbia del que no quiere entender, y se sitúa muy cerca de unos intérpretes masculinos que representan la autoridad del resultado. Estos no atienden a la subjetividad de la experiencia personal articulada por una mente pensante.

No obstante, en este filme se evidencia una intención de comprender lo inaccesible; y en su imposibilidad, Dea Kulumbegashvili opta por la magia, para liberar no solo a su protagonista, sino a cada uno de los personajes, del peso de su existencia. Es inevitable, a pesar de las evidentes diferencias, comparar a Yana con la Jeanne Dielman de Chantal Akerman. Los planos en la cocina parecen a todas luces un guiño a la película. Pero por otra parte, la cineasta georgiana pretende alcanzar una revelación, una señal divina que explique las decisiones y contrapuntos de una mujer a punto de estrellarse contra una realidad que le pesa demasiado. De esta manera, la realizadora ordena, evita el obstáculo y la tara del hecho, para poner orden al caos de la mente, y no quedarse en la ignominia.

También se percibe cierto parentesco con el cine de Haneke. Casi se podría decir que Ia Sukhitashvili es la otra cara de la moneda de Isabelle Huppert en La pianista. El final abierto y extraño que recoge esta cinta, es también una seña de identidad en la cinematografía del austríaco. Pero más allá de las comparaciones, Beginning destila sabia en cada una de sus tomas y una belleza inherente a cada plano calibrado en un juego de luces y sombras extraordinario. Además, nos anuncia la enorme voluntad que está adquiriendo un cine georgiano, realizado por mujeres, que está buscando situar los resquicios que a su paso dejan las jerarquías de género. Otra magistral película caucásica es Scary Mother, de Ana Urushadze, que también indaga en muchas de las cuestiones que plantea esta excepcional película sobre la psique femenina.
 

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