Rosana G. Alonso
Conecta

En la mirada casi documental que traza Lila Avilés en su ópera prima, ‘La camarista’, hay un interés por atravesar puertas que sirven de metáfora de una vida que invisibiliza ciertas individualidades

La camarista | StyleFeelFree
Imagen de La camarista | StyleFeelFree

En 1981 la artista Sophie Calle realizó el proyecto El hotel para el cual consiguió que la contratasen como camarera de habitaciones de un hotel en Venecia, haciendo una sustitución que duró poco más de dos semanas. Se encargó de doce habitaciones, las cuales tenía que limpiar. Mientras tanto, husmeaba en las pertenencias personales de los clientes del hotel y los acechaba. Seguía su estela, por medio de los detalles de sus vidas, visibles en los rastros que dejaban en sus habitaciones, en sus conversaciones, en su vida privada. La serie resultante de este escrutinio volvió a poner de relevancia —como es habitual en el trabajo de Calle— la intimidad. Sin embargo, a diferencia de otras obras realizadas por la francesa, aquí se estudiaba a sí misma, estableciendo un vínculo con los otros, a través de las huellas observables que estos dejaban o evidenciaban en un lugar de paso.

No sería la primera vez que el trabajo de Sophie Calle se manifiesta en el cine como clara inspiración. Lo vemos revelarse en La camarista de Lila Avilés, como también lo veíamos, si bien exhibiendo un deseo de transgresión más representativo, en La camarera Lynn de Ingo Haeb. En la cinta de la mexicana hay una mirada casi documental y traslúcida. No busca tanto lo inaudito como el registro de una vida que se consume, sin darse cuenta, entre sábanas, manchas y productos de limpieza. Sirviendo a los otros.

Su protagonista limpia las habitaciones de un hotel. La cámara sigue su día a día. Sus agotadoras jornadas. Su empeño en dejarlo todo impecable. Su diligencia y esmero. Pero también su inquietud. El personaje de Evelia (Gabriela Cartol) mira a su paso. Tiene curiosidad por todo cuanto gira a su alrededor, a pesar del inevitable cansancio que denota su semblante serio. Busca comprender su entorno. Aspira, por otra parte, a superarse. Tiene sus propias metas, insignificantes, en un espacio que no la contempla como principal. Somos los espectadores los que reparamos en ella, guiados por la revisión de Avilés, que la pone en el centro de una historia sobre las luchas de una clase trabajadora que se esmera en que el mundo siga girando, ordenadamente, a pesar de sus violencias internas.

La cinta de Lila Avilés tiene un tratamiento humanista en un retrato que visibiliza lo precario, así como el intercambio afectivo, el sentido de camaradería; e incluso, la intimidad dentro de la intimidad. O el voyeurismo, que cambia de registro, cuando menos lo esperamos, cambiando así la estrategia simbólica. Es además un diario, un dietario del día a día que pone en valor lo rutinario, y las políticas de los cuidados. No obstante, en este recogimiento, en esta limpieza formal, lo más interesante son las alegorías que se esbozan. Llamar a la puerta para ver si la habitación está ocupada se entrevé como una metáfora de la vida que muchas veces nos niega el paso; ya sea porque sus estructuras sociales sean deficientes, ya porque nuestros itinerarios personales estén en los márgenes, donde también se escribe la vida. La vida real, desde donde se pueden analizar sus manchas y miserias.
 

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