Reina de corazones | Perversidad

Cuando los detractores del #metoo cada vez son más visibles, ‘Reina de corazones’ puede sentar como un jarro de agua fría que enlaza con el cine de Susanne Bier en sus horas más bajas

Reina de corazones | StyleFeelFree

Imagen de Reina de corazones | StyleFeelFree

En los últimos años el cine está experimentando una revolución en el tratamiento de los personajes femeninos. No solo hay mejores papeles que rebuscan en lo psicológico y descubren facetas de la personalidad femenina que estaban escondidas esperando a ser desveladas, sino que además se está empezando a romper la barrera de la edad o incluso, más tímidamente, la barrera que imponían los cuerpos. Es evidente que la mujer en el cine sigue todavía teniendo que cumplir más estándares físicos que el hombre. Pero hay que reconocer también que poco a poco se está liberando de una imagen de la que abusó no solo el cine clásico, sino prácticamente toda la cinematografía del siglo XX.

Con Reina de corazones, la película dirigida por May El-Toukhy, sigo todavía sin tener muy clara mi posición con respecto al papel que interpreta magníficamente Trine Dyrholm, a pesar de que el guion no le deja tregua a su personaje. En una cinta con un diseño de producción soberbio y un desenvolvimiento de la historia magníficamente orquestado para retener y ganarse la confianza del espectador en la coyuntura persecutoria que traza, el rol que ejerce la actriz de La comuna absorbe cualquier otro planteamiento —sea artístico o técnico—. ¿Está planificado para que el público juzgue sus decisiones, o apenas hay posibilidad de debate cuando es tan categórico? Es obvio que las políticas de los cuerpos del cine clásico saltan por los aires aquí. La mirada de El-Toukhy es casi despiadada en este sentido, y no deja de ser admirable el riesgo que afronta. ¿Pero con qué objetivo?

No tengo muy claro si todas las provocaciones que se plantean se apartan siquiera un ápice de los arquetipos del cine negro de los años cuarenta. Pero si en aquellos se podía ver a la mujer, aunque estereotipada, tratando de alcanzar y dominar un espacio arrebatado; aquí no hay, supuestamente, paradoja. El personaje de Anne no parece que haya tenido que conquistar ningún espacio. Es una profesional que ha alcanzado sus metas, en una sociedad que no le ha puesto demasiadas trabas por el hecho de ser mujer. ¿O acaso sí? ¿Es posible que su única alternativa sea la de ejercer el poder, para alcanzar el placer o mantener su posición, mintiendo y manipulando? ¿Qué sociedad y qué mundo estamos construyendo si en el peor de los escenarios accesibles, las opciones que tenemos las mujeres siguen siendo la seducción, la victimización y el chantaje?

Cuando los detractores del #metoo cada vez son más visibles, lo que debilita al movimiento, no tanto porque se haya abandonado la causa, sino porque el heteropatriarcado ha encontrado la forma de rebatir sus argumentos, buscando aliados —y aliadas— que protejan un ideario que precisamente empieza a hablar de victimización para rebajar sus demandas, Reina de corazones es como un jarro de agua fría que enlaza con el cine de Susanne Bier en sus horas más bajas. La cinta no es capaz de encontrar soluciones, agranda todos los males de las sociedades contemporáneas, posiblemente con el único propósito de favorecer lo espectacular, en un momento en el que las actrices han tenido la ocasión de demostrar sus capacidades para ser protagonistas gloriosas.

Otra interpretación pasa por ver en la cinta una crítica a la familia, inmersa en una lógica hipercapitalista del deseo, que es capaz de sacrificar lo humano por mantener su edén artificial. Desde esta posición, Trine Dyrholm emerge como una criatura bicéfala, irracional y devoradora de todo lo que está a su paso. Metáfora de la fractura social que estamos sufriendo, por las nefastas políticas aspiracionales en las que estamos inmersos ansiando vernos siempre jóvenes, pletóricos, satisfechos, deseados, colmados de bienes materiales y estatus social. Visto así, la perversidad deja de tener rostro de mujer. La realidad que vivimos, en sí, es anómala y perversa.
 

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Rosana G. Alonso

Rosana G. Alonso

Alma mater de StyleFeelFree. Alquimista de sueños rotos, esperando que amanezca | Twitter