Rosana G. Alonso
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La Casa Encendida reivindica el gesto afectivo e imperceptible de lo cotidiano en la exposición colectiva ‘El hecho alegre’

Hay muchos gestos que devienen políticos, sin ser meramente gestuales, porque como bien observaron los movimientos feministas de los años sesenta y setenta del siglo pasado, lo personal es político. Este lema, interpretado como un reconocimiento de las ontologías filantrópicas frente a las materialistas, exhorta a enfocar las situaciones íntimas como políticas. Nada escapa a las jerarquías que privilegian lo mercantil frente a lo simbólico, perpetuando las relaciones de dominación a las que hizo mención el sociólogo francés Pierre Bourdieu. En este esquema, lo personal, vinculado a lo afectivo, a una productividad invisible pero factual, en ósmosis de lo propio a lo común, está desacreditado, desvalorizado.

¿Cómo hacer para deshacer esta apreciación herrada de lo que es fructuoso y lo que no? Reconociendo, para empezar, que efectivamente, lo político no tiene escenarios, ni espacios, ni personajes específicos. Que todos somos seres políticos con voz y que nuestras acciones, hasta las más ínfimas, tienen una repercusión inmediata en un estado de las cosas que normaliza las desigualdades. En un mundo virtual e hiperconectado, las fronteras entre lo privado y lo público se resquebrajan. Lo personal como político, nunca antes había sido tan apreciable. Vemos como las cotidianidades, los hábitos, forman sociedades y que estas cotidianidades se contagian fácilmente a través de redes.

La peor cara de todo este entramado que nos permite ser visibles es que nos sabemos vigilados. De hecho, cada vez más, a medida que se amplían las fronteras, exigiéndonos conocer nuestra identidad para acceder a sus paraísos, a pesar de que son espacios de domesticación. Nuestras huellas digitales cada vez tienen más valor, pero ignoramos hasta qué punto podemos aventurarnos a transitar pasadizos insospechables, instaurando nuevos hábitos que establezcan distintos modos de comportamiento, y con ellos, inesperadas áreas de convivencia. Tampoco hay voluntad de legislar para preservar no ya nuestras intimidades vinculadas a nuestras filias y fobias, ahora difícilmente camufladas, sino legislar para preservar y premiar los buenos hábitos que hacen más sostenibles y ecológicas las relaciones y las economías.

Dicho esto, hay lagunas que nos permiten hacer efectivo que lo privado es público, en el sentido de que podemos negarnos a desempeñar los roles que nos exige una sociedad de la simulación, gobernada por poderes fácticos que nos instan a mal sobrevivir, sin cuestionar las reglas implícitas de sus modelos vitales. Operar en esta dinámica de sometimiento, conlleva adaptarnos a un universo de ficciones en el que estamos embelesados con sus souvenirs. Esto tampoco es, en realidad, una llamada a la acción, sino a la inacción o a una acción dúctil y fraternal que entiende la expresión de la propia voluntad como el mejor signo de salud de cualquier sociedad. Con los escenarios de violencia que estamos viendo estos días en diversos lugares del planeta, se hace necesario recuperar lo privado, lo cotidiano, lo cordial. Espacios para la reflexión, la observación, la inadecuación a un normativo que nos convierte en piezas de un sistema hostil de unos contra otros.

Primero desde la moda, como herramienta para comunicarse y hacer visible un posicionamiento político inherente a ella, luego, desde este medio, siempre he sido consciente de las dialécticas que invalidan lo personal, entendido como algo desinstitucionalizado, generoso con el entorno y con escasos o nulos beneficios monetarios. Proyectos, en cooperación con mi hermana, que se han ido efectuando partiendo de lo local, lo cotidiano y lo marginal, por lo que su ideario también sigue estando en consonancia con estas tesituras. Disposiciones que surgen, en primera y última instancia, de un planteamiento que lleva implícito que todo es igualmente importante para que un proyecto pueda seguir adelante a través de los años.

En la ecuación que conecta la vida profesional con la vida afectiva; el estudio, el taller y la oficina con el hogar; lo privado con lo público, he encontrado una respuesta paradójica. La generosidad de ciertos núcleos que buscan dinamizar los debates o hacer realidad nuevas formas de creación útiles para mejorar el entorno desde la convicción de que no existe la estética inocua, sin compromiso político, es habitualmente valorada bien como una sumisión que tiene que hacer gala de ello, bien como una imposibilidad, bien con el recelo propio de lo que aparentemente no tiene un propósito claro, o un destino prominente por la escasez de sus medios, por la pequeñez de su proposición en un mundo de gigantes que nos tiene a todos sometidos.

El hecho alegre, una muestra que reconoce la grandeza de lo pequeño

En una sociedad que ha vuelto a replegarse a un elitismo que dibuja la cara menos hospitalaria de lo social, hacer de lo cotidiano algo político, ponerlo en alza, es visto con desconfianza. Tratar de derribar la verticalidad para hacer de la horizontal un lugar para el diálogo, para un común repleto de individualidades libres que quieren mejorar nuestro hábitat, festejando la fraternidad de los gestos que unen, no deja de ser algo quijotesco. Desde este sentimiento percibo la exposición El hecho alegre en La Casa Encendida, como un hecho que busca acondicionar la vida, reconocer la importancia de lo aparentemente insignificante, de lo subestimado durante décadas, siglos. Así la descubro indispensable para poner en alza lo que Tania Pardo, comisaria de la muestra, define en la categoría de arte-vida y experiencia, retrotrayéndose a lo que John Dewey primero, y Richard Shusterman, después, observaron.

Explica Pardo que la intención de este recorrido es “tratar de hallar lo verdaderamente revolucionario en la grandeza de lo cotidiano, convirtiendo el día a día en arte y el arte en uso diario”. Ello nos lleva a recordar la reciente exposición, en el mismo centro de arte, sobre la figura de Bobby Baker con su Revolución Doméstica Feminista. Lo que vemos ahora es un fiel reflejo de un nuevo modo de aproximarse a lo artístico que atestigua la existencia de un vínculo que une a los artistas de esta muestra con generaciones de mujeres invisibilizadas por una estructura social que no es que en sí estigmatice lo considerado femenino, sino la gratuidad del acto o el gesto altruista. Señas perceptibles en la ruptura con un modo de hacer arte que se olvida de lo artístico. Lo artístico aquí está en lo que la comisaria define como “una realidad alterada, distorsionada y, en ocasiones, delirante donde las fronteras entre los distintos lenguajes quedan definitivamente abolidas”.

En todo esto, no puedo dejar de sentirme invocada. Invocada por el color, por las formas, por las técnicas que me traen a la memoria los trabajos en los que estuve involucrada desde el terreno incómodo de la moda, que encuentra su lugar en el vestir y en las ideas que propiciaron estructuras aestéticas, disconformes con la forma establecida hasta servir de molde, y al mismo tiempo, subyugadas a los márgenes de un momento en continuo flujo, caminando hacia el futuro. Sentirse presente en un presente que te ignora es como volver al hogar, donde el hecho alegre se convierte en hecho habitable.
El hecho alegre en La Casa Encendida | StyleFeelFree

Vista espacio de la exposición El hecho alegre en La Casa Encendida | Obras de Daiga Grantina, Mika Rottenberg y Samara Scott | Foto: © StyleFeelFree

El hecho alegre en La Casa Encendida | StyleFeelFree

Exposición El hecho alegre en La Casa Encendida | Obra de Sol Calero | Foto: © StyleFeelFree

El hecho alegre en La Casa Encendida | StyleFeelFree

Exposición El hecho alegre en La Casa Encendida | Obra de Elena Blasco | Foto: © StyleFeelFree

DATOS DE INTERÉS
Título: El hecho alegre
Artistas: varios (Pilar Albarracín, Elena Blasco, Sol Calero, Esther Gatón, Daiga Grantina, Camille Henrot, Dorothy Iannone, Engel Leonardo, Jonathan Monk, Niki de Saint Phalle, Mika Rottemberg, Samara Scott y Teresa Solar)
Comisariado: Tania Pardo
Lugar: La Casa Encendida
Fechas: del 11 de octubre de 2019 al 5 de enero de 2020
Horario: consultar
Actividades: 29 de octubre a las 19h: visita a la exposición con la comisaria Tania Pardo / 5 de noviembre a las 19h: encuentro con el grupo de baile Bachata Libre Madrid con quien se bailará al son de ritmos latinos / 17 de diciembre a las 19h: charla entre Elena Blasco, Teresa Solar y Esther Gatón
Precio [entrada a exposición]: acceso libre