Rosana G. Alonso
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Como una espeluznante sátira que entremezcla el pasado con un presente convulso, ‘Qué difícil es ser un dios’ nos ofrece un retrato social que parece escupirnos en la cara

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Fotograma de Qué difícil es ser un dios | StyleFeelFree

Desde que Aleksei Yuryevich German comenzase Qué difícil es ser un dios —por suerte, se respeta el título del original, muchas veces en la adaptación al español se cometen auténticos disparates— hasta que la película finalmente se terminase, han pasado nada menos que 13 años. Casi nada. Lamentablemente el propio Alekxei German solo llegó a verla acabada, sin editar, ya que murió inesperadamente en 2013 siendo su esposa e hijo, también cineastas, los que acabaron el proyecto. Pero más tuvo que esperar el cineasta ruso para comenzar a rodarla ya que él mismo reconoció que se había interesado por la narración homónima de los hermanos Strugatski, en la que se basa el argumento, desde que el libro fuese publicado en 1964. De hecho el proyecto tuvo intención de llevarse a cabo en los años sesenta. La idea ya había sido aprobada por los estudios Lenfilm. Sin embargo, finalmente todo se fue al traste. Dos días después de la entrada de los tanques soviéticos en Praga, la censura le prohibió seguir con su concepción de llevar al cine esta sorprendente historia que se vislumbra como una sátira social espeluznante donde el pasado más lejano y el presente más convulso se juntan, para acercarnos un retrato social que es como un escupitajo en la cara.

En Qué difícil es ser un dios  todo resulta tan inmundo y cercano, y al mismo tiempo tan lejano, que tienes la sensación de que el presente se ha volcado en un pasado muy distante en el tiempo. Imaginemos, por ejemplo, que se trata de la Edad Media. Todo parece indicar, tanto por el estilo de vida, las infraestructuras y el vestuario, que lo que ven nuestros ojos no va más allá del siglo X. El hecho de que Aleksei decidiese rodar la cinta en película kodak en blanco y negro también ayuda. Y los resultados son bestiales, hasta tal punto, que la estética, y especialmente el desarrollo de los personajes, se llevan todos los esfuerzos. Ni falta que hace más. La narración absolutamente secundaria, deja paso a unas caracterizaciones fuertes no sólo de los personajes principales, donde reina Leonid Yarmolnik, ese quijotesco dios idealista y al mismo tiempo sensato que es Don Rumata, tratando de poner orden en un extraño mundo de nombre Arkanar en el que conviven los grises, los blancos y los negros en discordia, donde los intelectuales son perseguidos y condenados, y donde ni tan siquiera la compasión existe. Al margen de ese dios existencialista, cada uno de los intérpretes secundarios, incluso los figurantes, se revuelcan creíbles y asombrosos, en un fango que es como una metáfora de la vida.

Y aunque la falta de orden en la historia complica el visionado, es lo que motiva la originalidad y extraordinario hacer de un filme de sensaciones que gana según avanza, dejándonos una impresión de inquietud marcada por cuestionamientos que quedan en el aire. Hay que ser muy grande para conseguir tal subjetivismo sin miedo a perderse. Aleksei arriesgó mucho, pero con una precisión tal, que todo lo demás son cuentos para niños.
 

FICHA TÉCNICA
Título original: Trudno byt bogom (Qué difícil es ser un dios)
Dirección: Alekxei German
Guión: Svetlana Karmalita, Alekxei German (Novela: Arkadiy Strugatskiy, Boris Strugatskiy)
Reparto: Leonid Yarmolnik, Aleksandr Chutko, Yuriy Tsurilo, Evgeniy Gerchakov, Natalia Moteva
Fecha de estreno España: 10 de Abril de 2015
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