A través de un rojo visceral que impera en cada imagen Lena Lanskih en ‘No te quiero’ ejemplifica el sentido más profundo de la palabra violencia

No te quiero | StyleFeelFree
Imagen de la película No te quiero | StyleFeelFree

No te quiero es cine violento. Una agresividad que no se expresa en forma de un hierro enterrado en la cuenca de un ojo. El estilo de Lena Lanskih se contiene en la mirada de una niña. Una cría rodeada de una Rusia que la desprecia y un hijo recién nacido que trata de ocultar al mundo. A partir de este punto, hace del visionado una experiencia desagradable y enriquecedora. Esto se debe a la elección de mostrar ante la cámara a una joven completamente abandonada. Su familia la desprecia. Su vida social es nula. Con todo ello, se hunde en una desesperación por obtener un mínimo de cariño. Esta actitud la lleva a buscar ser denigrada por guardias de seguridad con tal de obtener un mínimo de atención. A su vez, la condena a una relación en la que su participación se reduce a ser un mero objeto sexual.

Con todo lo anteriormente mencionado, podría suponerse que No te quiero solo busca exhibir una trama atroz. No obstante, la cinta aspira a un cine mucho más complejo. Lena Lanskih crea un lenguaje de incomodidad, una técnica que inicia con las texturas. Esta dinámica visual se deja en claro en una cena. En ella, una familia disfruta entre carcajadas en lo que parece una escena jovial. Sin embargo, nada más servir la comida la atmósfera cambia radicalmente. Una masa de huevos revueltos cae sobre los platos con el peso de un cadáver. Su apariencia es grisácea, el amarillo es imperceptible y su superficie parece arrugarse como una tira de piel degollada. A partir de ese instante, cada palabra cobra cierto peso, los halagos se sienten sucios. Este es el mérito de la obra. A raíz de presentar texturas repletas de aversión trastoca los planos.

En función a esto, el lenguaje cinematográfico de Lena Lanskih se expande en un bucle de violencia. No solo las texturas. Todo lo que aparece en pantalla es agresivo. Por ello, no le es suficiente con encerrar a su protagonista en el cuadro de una pantalla. A través de una composición sublime exhibe numerosos reencuadres que atrapan en espacios aún más pequeños a sus personajes. Además, mediante el uso de líneas diagonales atraviesa a cada persona. Así, las imágenes se colman de barras de acero, marcos de ventanas que diseccionan los cuerpos captados por la cámara. Nadie se salva de ser atravesado. De igual manera, nadie escapa del rojo. Con un uso medido pero tremendamente expresivo hace de la piel de su protagonista nieve en la que derramar mucho más que sangre. Los paisajes se llenan de un rojo que recuerda que la violencia no habita solo en el hierro.
 

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