Con una película de tensión absoluta Leonardo di Costanzo estrena ‘Ariaferma’, una experiencia de presos y guardias que esconde un gran secreto

Ariaferma | StyleFeelFree
Imagen de la película Ariaferma | StyleFeelFree

Ariaferma es tensión pura. Sin embargo, está lejos del arquetipo de película moderna de intriga. Leonardo di Costanzo no cae en la trampa de sustentar su filme únicamente en la tensión. Al contrario, exprime el sentimiento para hacernos sentir y entender un mensaje mucho más grande. Un mensaje que permanece oculto. Un misterio que se irá resolviendo a través de un elenco de personajes de matices grises y una sensación constante de peligro. Precisamente, esto último, es lo que caracteriza a la obra. La sensación de que cada plano y cada gesto podría ser el último.

La amenaza nace con el sonido. Es una película incómoda de oír y, por ello, brillante. Acompañada de una banda sonora ominosa, plagada de coros, logra hacer de un inicio de película corriente repleto de planos generales un aviso claro de una tragedia total. No es solo la música. La cárcel suena a peligro. Los chirridos de los viejos pestillos, el retumbar del cierre de las puertas, el arrastre de los pies. El sonido tiene una textura grimosa y metálica. Una composición de ruido, óxido, graves y golpes que envuelven el siguiente triunfo de la película.

No puedes fiarte de nadie. Estamos acostumbrados a que incluso en las películas más confusas el personaje principal sea nuestro guía o, como mínimo, nuestro igual. Sin embargo, aquí no. A pesar de comenzar estableciendo una clara empatía con él Leonardo di Costanzo retuerce la relación espectador-protagonista. De esta manera, uno comienza a hacerse preguntas al verlo actuar. ¿Cómo sabe eso? ¿Conocía ya de antes a ese personaje? ¿Qué está escondiendo? La destrucción de las fuentes de información no termina ahí. ¡No puedes fiarte de nadie! La duda lo corroe todo. Diálogos ya comenzados que nos dan varias lecturas posibles de las intenciones de los personajes. Actos a priori inocentes que se vuelven sospechosos por un juego de miradas. Sucesos de terrible relevancia que no se nos muestran en imágenes sino en palabras pronunciadas por personas con más de un motivo para mentir. Todo son sospechas.

Por otra parte, el cenit de la tensión se encuentra en las acciones. Unas acciones que no llegamos a ver. Esta es una técnica clásica pero complejísima. Al igual que en Funny Games de Michael Haneke Leonardo di Costanzo juega a ocultarnos acciones de los personajes. Un ejemplo de ello es la escena de la cocina y el cuchillo. El protagonista vigila a un recluso preparando la comida. Están solos en una cocina desmesurada. No hay ni habrá nadie cerca. El recluso agarra un cuchillo. “Tengo que cortar las cebollas” le responde al guardia mientras resuena cada corte. Al protagonista le llega, entonces, una llamada. Al responder da la espalda al recluso. Dejamos de oír los golpes del cuchillo al cortar.

En la escena mencionada no hay planos de las manos del recluso. Al recibir la llamada solo vemos la espalda del protagonista. La escena termina con una cocina vacía. Un plano estático en el que sentimos el peligro que emana la imagen. Ha sucedido algo que no hemos visto. Leonardo di Costanzo se aleja de lo esperado. Con este juego de tensiones constante se nos sumerge en un panorama de paranoia. Un juego detectivesco entre dentelladas y filos. Una montaña rusa de intriga y emociones. El último filme de Costanzo es una experiencia, un mensaje que uno solo es capaz de comprender tras haber vivido Ariaferma.
 

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