Óscar M. Freire
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Lisa Azuelos refleja su vida en ‘Mi niña’, una comedia francesa sobre la necesidad de capturar la huella que dejan tras de sí los hijos

Mi niña | StyleFeelFree
Imagen de la película Mi niña | StyleFeelFree

La industria española merece los más dignos respetos en cuanto a riesgo y talento se refiere. Sin embargo, aún tiene mucho que envidiar a la masiva y rentable producción gala de proyectos más comerciales. Tanto es así, que se han establecido géneros propios, como la comedia francesa, e incluso festivales dedicados en exclusiva al mismo. Como es costumbre, las salas españolas acogen los éxitos del país vecino y este mes se trata de Mi niña de Lisa Azuelos. A pesar de no ser el mejor exponente del género, cumple con los mínimos exigidos resolviendo un dilema familiar amablemente y aderezando la trama con enredos amorosos, equívocos inverosímiles y algún que otro chiste social.

Hélöise, madre divorciada con tres hijos casi independizados, quiere ser el eje central sobre el que orbitan el resto de personajes y conflictos. Su hija, Jade, pretende abandonar el nido familiar para irse a estudiar al extranjero y romper así el equilibrado ecosistema que habían creado ambas, en la que es difícil distinguir quién es la niña y quién la madre. El resto de sus hijos aparecen y desaparecen con la misma falta de cariño que les tiene la protagonista. Apenas unos cuestionables flashbacks sirven para comprender por qué ama y desprecia a sus hijos por desigual. Flashbacks por otro lado, que se utilizan tanto para conectar con la nostalgia de una madre aterrorizada por la soledad, como para comparar el primer amor de una adolescente con los encuentros fugaces de su madre. Elementos, finalmente, que dispersan la película hacia múltiples direcciones, sin alcanzar ningún destino concluyente.

Sin olvidar lo dicho, sí que es apreciable el intento por diseccionar la contemporaneidad, confluyendo la mentalidad abierta con el paradigma de las nuevas tecnologías. De este modo, Hélöise, al igual que cualquier ciudadano del siglo XXI, se empeña por capturar con sus móvil todas las imágenes de su hija posibles. Almacena los nuevos recuerdos tecnológicamente mientras que los antiguos le atosigan la mente. Una estimulante reflexión sobre el papel de la memoria de ayer y de hoy independientemente de la distancia. A su vez, gracias al excentricismo de los personajes cómicos, se dejan caer ligeras críticas al sistema social francés. Los diálogos aluden a problemas como la inmigración, el desempleo, o la inacción política, sin entrar en detalles o en realidades visibles desagradables. Un camino más, que apenas se ha comenzado a trazar, es abandonado para saltar a otro como el rol de la mujer o el coming-on-age adolescente.

La directora expone, además, que se trata de una película bastante autobiográfica, con su hija interpretando el papel de Jade inclusive. No es, por tanto, aventurado concluir que la película deambula con el mismo sentido de la orientación que se tiene en la vida, cuando el futuro es incierto y la opinión puede cambiar en cualquier momento. Con instantes cercanos a la sonrisa y otros al lamento, con mil caminos por trazar y otros tantos callejones sin salida. Sí, se trata de una comedia francesa más, pero también de un testimonio vital que puede errar igual que se erra en la vida. Una película cuya mayor virtud es la posibilidad de rememorar el camino propio, mientras ves como los ajenos se disgregan en la pantalla.
 

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