Rosana G. Alonso
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Todo el esfuerzo de Urszula Antoniak, en ‘Más allá de las palabras’, se centra en revelar la crisis de identidad de su protagonista, a través de deslumbramientos poéticos

Más allá de las palabras | StyleFeelFree
Imagen de la película Más allá de las palabras | StyleFeelFree

La tesitura cromática, en un radiante monocroma, del cuarto largometraje de Urszula Antoniak, nos trae a la memoria éxitos recientes como Cold War de Pawlikowski. No obstante, Más allá de las palabras, guarda más relación con Oh Boy! de Jan-Ole Gerster, que siguió el periplo, de un día, de un joven nihilista y desorientado por las calles de un Berlín icónico. El mismo que encumbró Wim Wenders en algunas de sus mejores películas, como El cielo sobre Berlín. Precisamente a esta película parece rendirle homenaje, quizás inconscientemente, Antoniak. La Columna de la Victoria que encumbra la cámara y custodia el drama de los migrantes se resiste a ser solo imagen. Y mientras tanto, el protagonista de este proyecto tan abstracto como evocador, forja su identidad en una existencia construida. Una realidad imaginada y revelada a través de sutiles deslumbramientos poéticos que también decodifican la soledad.

El personaje principal aquí, interpretado por Jakub Gierszal, sufre una especie de amnesia autoprovocada. Ha olvidado quién es, de dónde viene y cuáles son sus raíces. Con su traje de joven triunfador, ni siquiera le da una oportunidad al espectador para que empatice con él. Nada que ver con el protagonista de Suicide Room, de Jan Komasa, un personaje con una ambivalencia y fragilidad que traspasaba la pantalla. En Más allá de las palabras el actor polaco muestra su perfil más cínico, tiránico, insolente. Obedece a los imperativos de una masculinidad tóxica que se esfuerza en aparentar. Debido a ello, apenas logramos entender cómo se establece esa química emocional entre él y la camarera del bar que frecuenta. Quizás por eso mismo. La chispa del amor romántico solo se enciende por una revelación instantánea de tú a tú que desnuda las falsas intenciones o reactiva ilusiones.

En todo momento Urszula Antoniak está jugando continuamente con las apariencias, con lo ilusorio, para explicar su tesis argumental. La concatenación de escenas que expresan una verdad solo esbozada e interrumpida, es su forma de exponer el malestar y la complejidad de una migración apenas reconocible. Aquella que se ha naturalizado adaptándose a las peculiaridades de su país de adopción, intentando ser aceptada por una sociedad intrínsecamente suspicaz con lo otro. Esta es la gran tarea que tiene que afrontar Michael, nuestro antihéroe. Hasta que su esfuerzo se ve frustrado con la llegada de un padre ausente, que se creía perdido. A partir de este momento, se desata en él una crisis de identidad que le hará dudar de los que creía eran sus valores. Toda la voluntad de Antoniak va en esta dirección, consciente, por otra parte, de que este camino está lleno de confrontaciones. Incluso, con el espectador.
 

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