Rosana G. Alonso
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Volviendo nuevamente a Mongolia, como lo hizo en ‘La boda de Tuya’, Wang Quan’an, en ‘El huevo del dinosaurio’, encuentra el terreno fértil donde la fuerza de sus personajes femeninos se impone como un torrente de energía cautivadora

El huevo del dinosaurio (Öndög) | StyleFeelFree
Imagen de El huevo del dinosaurio (Öndög) | StyleFeelFree

Desde el principio, El huevo del dinosaurio es una película repleta de falsas pistas. De ello ya se advierte al inicio de la cinta. Lo que apreciamos con los ojos, no tiene por qué ser real. De entrada, nos situamos, tras una larga toma de seguimiento, en la escena de un crimen. Suponemos entonces, que después de esta introducción, rastrearemos las pistas que responderán los primeros interrogantes. Compartiendo algunos ingredientes, como el componente etnográfico y la predilección por la noche, con Érase una vez en Anatolia de Nuri Bilge Ceylan, la última película de Wang Quan’an plantea un acertijo desconcertante sobre la existencia, la muerte y el amor. En esto también se asemeja a la cinta del autor de Sueño de invierno. Pero si el turco recreó una fantasmagórica atmósfera lúgubre y enigmática, aquí lo que tenemos es un gusto por los contrastes que dan señales de vida.

Así lo vemos cuando contemplamos los imponentes cielos de Mongolia en parajes donde apenas se percibe la huella humana, o cuando asistimos al nacimiento de un ternero, abordado como una forma de elogiar la fuerza de la naturaleza, que busca el modo de sobrevivir en las condiciones más difíciles. En un lugar donde nuestra mirada reeducada casi no advierte las señales de vida, las panorámicas de Aymerick Pilarski, director de fotografía, son tan exuberantes como reveladoras. Descubriendo un terreno árido y despoblado en el que lo ancestral deja paso a señales de la modernidad, que recoge un teléfono móvil o una antena parabólica.

En todo este entramado se avista una complacencia en lo cotidiano, que en pantalla se traduce en escenas hilarantes, por su pintoresco exotismo. Sin embargo, no llegan a sucumbir al absurdo. Los signos de autenticidad son visibles tanto en el reparto, como en la disposición para abordar lo circunstancial. De hecho, si hay algo fastuoso que convierte el cine de Wang Quan’an en una experiencia cautivadora, es su asombrosa táctica para entretejer lo real con lo extravagante, lo trascendental que se descubre por medio de lo banal, o la belleza más inaudita que aparece ante nuestros ojos en medio de la nada.

Volviendo nuevamente a Mongolia, como lo hizo en La boda de Tuya, el cineasta chino encuentra allí el terreno fértil sobre el que meditar sobre la existencia, sobre los excesos del mundo moderno; y en última instancia, sobre la ignominia de lo humano contra lo humano, que no obstante Quan’an busca superar con la aceptación plena del otro. Para ello esboza nuevas formas de relacionarnos, que contrapone con los modelos tóxicos sobre los que se sustentan generalmente las relaciones de pareja, un principio que ya había abordado precisamente en La boda de Tuya. Por otra parte, también vuelve a reconocer el paisaje desértico mongol como un territorio fértil donde la fuerza de sus personajes femeninos se impone como un torrente de energía cautivadora que enlaza, de alguna manera, con los personajes que Zhang Yimou creo en su filmografía para Gong Li.
 

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