Rosana G. Alonso
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En la película más personal de Nadav Lapid, ‘Sinónimos’, el cineasta israelí hace un barrido iconográfico por la idea de contemporáneo

Sinónimos | StyleFeelFree
Imagen de Sinónimos | StyleFeelFree

Como en Policía en Israel, Nadav Lapid en Sinónimos recupera el brío del macho-alfa, tan exuberante como avasallador. Su personaje principal, interpretado por un actor desconocido, Tom Mercier, funciona como reflejo del director israelí que relata, de forma febril, su periplo parisino cuando era joven. Lejos de ser una historia clásica de superación y conquista, Lapid conjuga una variedad de recursos fílmicos y vuelve a hacer retórica con la imagen y los diálogos. El resultado es una cinta que, con gran dosis de ilusoria egolatría que se deleita en el cuerpo como materia de dominio y sumisión, hace un barrido iconográfico por la idea de contemporáneo que recuerda al The Square de Ruben Östlund.

El tema de la migración es central aquí, y sobre este revolotea el arquetipo del hombre en el hoy, buscando su lugar en el mundo, su propia esencia. Para ello, como escribía Herman Hesse en Demián “El que quiere nacer tiene que romper un mundo”. Asistimos así al nacimiento de un mito quebrado por un sujeto que realiza la acción, buscando acercarse a un dogma que aún ignora, para así elegir su destino.

Se percibe en todo esto una pulsión homoerótica. Aunque también es posible que únicamente se trate de un turbio narcisismo simbólico que explica, quizás, la construcción de identidades fragmentadas que luchan por ser unidad, por ser centro de atención, en un sistema que ignora la originalidad específica. El protagonista, Yoav, tiene el fulgor del individuo moderno que se debate entre el deseo y el rechazo continuamente, para acabar destruyendo todo lo que conquistó sin mucho esfuerzo, como un Zeus que acaba de llegar al Olimpo de los dioses para retar a su propio padre, sea cual sea su verdadera representación —el Estado, o cualquier forma de autoridad—.

En un tiempo en el que las actrices toman el relevo y empiezan a ser las heroínas, Lapid rescata al titán caído en desgracia y lo ofrece al público como un trofeo al que reverenciar porque, según hace constar, tiene el dominio de la palabra y la acción. Pero no nos llevemos a engaño, en realidad es el propio Nadav Lapid el que se entrega al espectador, el que se desnuda, provocando continuamente al que mira. El israelí da un paso más en su cinematografía concentrando ideas que ya recogió en sus anteriores películas, exponiéndose más, arriesgando en las tomas y electrizando con decisiones puramente estéticas que dan vigor a la cinta. Desde este punto de vista, Sinónimos es uno de los títulos más prometedores de los últimos años.

Solo el exceso de testosterona de su personaje central, nos lleva a colocarnos en un lugar en el que no sabemos cómo juzgar a este superhombre que muestra tanta indiferencia como superioridad hacia todo cuanto le rodea. Si como a un enviado de un dios universal que viene a liberarnos de las dictaduras de cuanto es tangible, o como a un tirano que quiere someternos a su voluntad. Esta dinámica que juega a la contradicción, oscilando en nuestras reacciones de rechazo y embelesamiento, es lo que hace que el cine de Lapid sea tan estimulante, como controvertido.
 

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