Rosana G. Alonso

Aunque no se plantea marcar un posicionamiento feminista, Nietzchka Keene en ‘Cuando fuimos brujas’ nos trasporta a un no-lugar desde el que indagar cómo se ha ido construyendo lo femenino

Cuando fuimos brujas | StyleFeelFree
Fotograma de la película Cuando fuimos brujas de Nietzchka Keene | StyleFeelFree

En un mundo que las tiene sometidas y en el que solo pueden esperar encontrar el apoyo de un hombre que las proteja, las mujeres, a finales de la Edad Media, buscan actuar sobre el entorno, dominarlo para sobrevivir. Lo mágico les sirve como la única herramienta a su alcance para encontrar estabilidad y prosperidad, para intervenir un orden social que les niega cualquier otro papel que no esté supeditado a la maternidad y los cuidados. Sin embargo, estas prácticas son vistas como una amenaza para la Cristiandad y acusadas de brujería, miles de mujeres, desde la Edad Media, son quemadas en la hoguera.

Bajo este contexto, el cuento El enebro (The Juniper Tree), de los Hermanos Grimm, sirve no tanto para analizar la época, como para enraizar una idea de lo femenino, que a día de hoy todavía sigue enterrada en una imaginería colectiva deudora de una entorpecida y oscurantista visión freudiana. Este relato es el que utiliza Nietzchka Keene para componer Cuando fuimos brujas, película rodada entre 1986 y 1987 en Islandia, con una todavía desconocida Björk como protagonista. La cinta, recientemente restaurada a 4K, no busca una perspectiva, ni se plantea marcar un posicionamiento feminista, ya que las variaciones que se hacen del relato son puramente circunstanciales. Y sin embargo, con su extraordinaria brillantez fílmica que recuerda a la atmósfera de soledad y amenaza de El séptimo sello, de Ingmar Bergman, nos trasporta a un no-lugar desde el que indagar cómo se ha construido lo femenino.

Hay otro foco de interés en Cuando fuimos brujas, además de su excelsa composición. Asistir al nacimiento interpretativo de Björk que llegaría a su máxima expresión en la excelente interpretación que realizó para Lars von Trier en Bailar en la oscuridad, es una de las mejores bazas de un filme planteado como un poema, como una alegoría de la supervivencia y de la magia de la naturaleza frente a la intervención humana. Con excelsos momentos en los que descubrimos a Björk como si reviviésemos a Maria Falconetti en La pasión de Juana de Arco, no obstante, también es muy elocuente la interpretación de Bryndis Petra Bragadóttir, personificando la perspicacia que se presenta con la madurez femenina, innata para sobrevivir en espacios físico-temporales adversos.

Sobre este último aspecto, hay que considerar que en esta cinta se evidencia una concepción de lo femenino que se vale del estereotipo para establecer un engranaje que se debate entre la luz y la oscuridad. Un juego de contrastes que a nivel artístico se satisface en un poderoso formato en blanco y negro que convierten a Cuando fuimos brujas en un clásico a estudiar para extraer más sus modos que sus praxis. También hay que considerar que, en el siglo XX, las pocas cineastas que existían ya tenían difícil hacer cine, como para permitirse un sesgo argumental que las encasillara dentro de una cinematografía de los márgenes, cuando por otra parte, esta película ya estaba destinada a los márgenes por las fuentes, los recovecos a través de los cuales se filma lo sublime, y por las estrategias fílmicas de una cineasta que con solo dos películas para la gran pantalla en su corta carrera, alcanzó cotas altísimas de expresividad plástica.
 

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