Empuñando el arma de la ficción, Diàsteme se enfrenta en ‘El mundo de ayer’ a la cruenta lucha política de la actualidad

El mundo de ayer | StyleFeelFree
Imagen de la película El mundo de ayer | StyleFeelFree

La extrema derecha cobra cada vez más fuerza. Mientras tanto, la izquierda parece incapaz de mantenerse unida. Ante este panorama, El mundo de ayer se siente más necesaria que nunca. Basada en la novela homónima del escritor Stefan Zweig, Diàsteme nos trae la historia de Elisabeth de Raincy, la presidenta de Francia. Una mujer que se ve obligada a cancelar su retiro para intentar salvar al país de un partido demagogo en tan solo 3 días. Una cinta en la que el propio director declara alejarse del estilo actual asemejándose más al cine clásico. Un método de dirección que mantiene los códigos del thriller moderno conservando el dinamismo del género. Una obra llena de secretos e intriga en la que deja espacio al espectador para formarse su propia opinión. En suma, una obra pulcra que nos presenta, con un guion formidable, la gran amenaza de la política interior actual.

Ya en su día Alfred Hitchcock nos aleccionaba sobre el poder del morbo. Personajes de imagen más recatada y discreta generan en el espectador mayor intriga. Despierta en ellos un interés por destaparles en escenas íntimas. Lección dada en su diálogo con Truffaut, El cine según Hitchcock. Aunque en un contexto distinto, Diàsteme emplea el mismo recurso. Elisabeth de Raincy es la presidenta de Francia. Esto, hace de ella un personaje fuerte, reservado y lleno de secretos. Características que se ponen a prueba durante el largometraje. Personajes de todo tipo la tientan a ceder su ética recurriendo a juegos sucios. Familiares la presionan para destapar sus mentiras. La película está repleta de morbo culpable. Un juego en el que incluso las escenas en las que rechaza la flaqueza mantienen siempre un hilo de duda. La presidenta se opone a usar documentos robados, sin embargo, los mantiene en su escritorio ojeándolos.

En el guion hay una herramienta clásica pero rara vez bien usada, la estructura del triángulo invertido. Dicho recurso se basa en establecer una serie de elementos al inicio de la escena para luego unificarlos todos al final. De esta manera, un guionista establece varios hechos de interés que terminan comunicando un mismo mensaje. El mundo de ayer es un ejemplo claro. Cada secuencia enfoca una intención concreta logrando un mensaje global complejo pero claro en su lectura. La destreza del proceso también afecta a la tensión. El largometraje inicia con preguntas sin respuesta y una certeza, la vida política del personaje está en problemas. Hasta aquí, la trama ya ha logrado atraparnos construyendo un abismo agónico. No obstante, no se queda ahí. En los siguientes planos una llamada interrumpe la acción, es la hija de la presidente. Los problemas de la protagonista han empeorado. Esto es solo el principio.
 

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