Marta Pascual
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Entre focos y suplementos proteínicos, en Pearl, la directora novel Elsa Amiel, se atreve a narrar en crudo el sufrimiento oculto detrás de la obsesión por la estética

Pearl | StyleFeelFree
Imagen de la película Pearl | StyleFeelFree

Una gema del culturismo femenino se deshace de todas sus capas en Pearl, la ópera prima de Elsa Amiel. Mediante su participación en una competición europea, la protagonista, interpretada por la contenida Julia Föry, lidia con el reencuentro de su hijo. A su vez, se enfrenta a las duras críticas de su entorno y a las vejaciones de su entrenador, Al. A través de la trama, la cineasta explora, en un ámbito bizarro, el éxito, la maternidad y la avaricia. Lo hace con un drama marcado por matices estéticos del thriller, cuyo carácter recuerda al estilo de creadoras como Julia Ducournau. Este angustioso subtono está compuesto por pincelas dispersas y crepusculares, para confesar que, en el mundo de las apariencias, el más fuerte no es rey.

El filme osa denunciar la agresividad del deporte en un círculo íntimo con el fin de retratar, con claridad, el vertedero emocional que viene de la mano del triunfo. Asimismo, su principal preocupación es la degradación de la mujer. Esta se intensifica en cuestión de apariencias, legitimadas por el sacrificio propio del empleo, pese a ser notoriamente brutal. A ello se le une la maternidad con la que se reencuentra Lea, en la que halla un rayo de esperanza entre una mina de carroñeros. La gran problemática que plantea la película es la falta de opciones que tiene la atleta, puesto que el derecho a ser madre se le impone y se le retira constantemente sin consentimiento. Por un lado, su exnovio le exige su relevo como progenitor, por el otro, su entrenador se intenta deshacer del niño.

La actriz Elsa Amiel muestra su faceta de directora por primera vez, resaltando su autoconciencia y su técnica. Denota una gran dedicación por medio de detalles y la combinación de diversas elecciones contrapuestas, las cuales aúna con maestría a pesar de su inexperiencia. Se permite deleitarse con la belleza de lo desmesurado hasta llegar a embelesarse y pausar el desarrollo del relato. Por consiguiente, su exhibición es placentera, pero, al no avanzar especialmente, se queda en la superficie de una temática realmente interesante. Aun así, la pausada cadencia de la narración defiende su crítica a la limitada dimensión espacio-temporal que justifica el elitismo de ciertas esferas.
 

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