Ostrochovský toma la decisión de crear solo para cinéfilos, ‘Siervos’ es un cine frío, de buena fotografía y sobre todo, un cine de fe

Siervos | StyleFeelFree
Imagen de la película Siervos | StyleFeelFree

‘No estamos en la vida para ser felices.’ Comenta un cura profesor a uno de los alumnos. Ivan Ostrochovský estrena su última película Siervos. Cine noir que cuenta la historia de dos jóvenes seminaristas que dudan entre mantener su fe y sus ideales hacia Dios, o ceder ante las presiones policiales y políticas de la época. La trama, ambientada en la Checoslovaquia de los ochenta, inunda la atmósfera de pesar y miedo desde un primer fotograma. Siervos es cine serio, cuidado, con una banda sonora increíble, que recuerda al 2001 de Kubrick. Sin embargo, a veces provoca ligera confusión, y la propia sensación de incertidumbre y de necesario misterio de su estilo parece apagar la cinta. ¡Estad atentos! Ostrochovský es breve, pero debe mirarse con ojo fino.

A principios de los ochenta, el régimen comunista amenazaba con destruir ciertas instituciones católicas de la época. No obstante, para evitar sus cierres, estas instituciones decidieron resignarse y aceptar las restricciones impartidas, así como ciertas exigencias relacionadas con la libertad de expresión. Los dos protagonistas de la película viven en esta duda contextual, muy bien metaforizada. Protagonistas adolescentes, trama de detectives, contexto religioso, tono en clave de terror… Siervos contiene un cóctel cinematográfico muy interesante y diferente en ese aspecto, del cual no se sabe por dónde empezar a hablar. Es el conjunto de decisiones y elementos varios tan personales, los que convierten a la historia en algo original y novedoso dentro de su conservadurismo.

Si bien la trama, a ratos, puede parecer confusa, no es debido a una falta de artesanía en su forma y método. El problema de la película, por llamarlo si acaso problema, es que es compleja y difícil. Hay varias líneas argumentales, hay música, hay dudas, intereses… todo además narrado en clave elegante, y a través, únicamente, de la imagen. No hay casi diálogos. Todo es fotografía y música kubrickiana. Las imágenes, además, muy amplias, sin centrarse casi en los personajes, dan la impresión de intentar representar a Dios en el plano. Siempre presente en la historia. Catalizador. Siervos es cine de calidad, pero cine de visualización templada. Hay que sentarse con ganas, con inteligencia y con empatía. No estamos en el cine para ser felices.
 

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