Rosana G. Alonso
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El cine de temática LGBTIQ brilla en su cometido con Entre nosotras, una película que pone de relieve la erótica lesbiana en la vejez

Entre nosotras | StyleFeelFree
Imagen de la película Entre nosotras | StyleFeelFree

El cine de temática LGBTIQ parecía tener sus argumentos agotados como para permitirle seguir manteniendo una etiqueta que a la larga, según se normalicen las sexualidades no normativas, está destinada a desaparecer. Por eso, cuando lo LGBTIQ aborda las dificultades sociales que miran al pasado, o bien a comunidades sociales todavía reacias a aceptar las relaciones sexuales que se escapan de la lógica binaria, o a estratos sociales a los que se les estaba silenciando sus conductas sexuales, la etiqueta brilla porque se entiende su cometido. La película Entre nosotras, de Filippo Meneghetti, pone en valor la necesidad de seguir alzando banderas porque si la erótica de la vejez hasta hace muy poco no tenía cabida en el cine, la erótica lesbiana de la vejez directamente no ha tenido representación hasta Las herederas.

Por otra parte, el verdadero gancho de Entre nosotras es su decisión de darle un sesgo heroico al amor que busca cambiar paradigmas. El amor no solo puede sobrevivir a la tragedia, sino salir fortalecido aunque sea a sabiendas de su imposibilidad. Ese podría ser el lema de Entre nosotras. Y esa es la dinámica que Meneghetti no abandona para dejar al espectador impaciente por ver cómo se desarrolla cada escena. El argumento no necesita mucho más que su interés por superar las limitaciones no solo sociales, sino físicas. Todas estas barreras están franqueadas por puertas, por mirillas, por escondites. Incluso se llega a abusar de estas estrategias para dejar latente que estos muros representan las inhibiciones de toda una generación.

Curiosamente, el punto de mira no solo está en la historia de la relación de dos mujeres en su última etapa vital. Hay también un interés muy profundo y significativo en ver cómo las relaciones de los más adultos están supeditadas a la aprobación de los hijos. La tensión que se manifiesta entre dos miradas; la del amor profundo y oculto y el choque con una realidad socializada, es el detonante que enciende la chispa. A través de estos dos enfoques vemos cómo se formulan las construcciones sociales y cómo se reconstruyen. Asistimos a un encontronazo entre padres e hijos que se prodiga como un argumento de peso. Hijos que no ven más allá de la construcción en torno al hogar, y padres que se ven encerrados en su propia mentira.

Por sus argumentos y contraargumentos, y aunque la película en sí quizás no sea demasiado original en sus modos, su puesta en valor es arrolladora. Puede que incluso resulte torpe en sus reiteraciones. Sin embargo, en todo caso, esa torpeza se revitaliza con su afán por saltar obstáculos, para llegar a una meta. Así, el espectador también tiene la sensación de acompañar a la protagonista más estelar, una radiante Barbara Sukowa que está pletórica. La actriz de Hannah Arendt o Lola tiene el ímpetu necesario para alzar victorioso este intenso drama romántico convirtiéndolo en una película revolucionaria que capitanea. La etiqueta LGBTIQ, en realidad, solo puede sobrevivir amparada por una revolución del amor inclusiva que todavía tiene que saltar barreras y derribar muros. Incluso, derribando clichés que también están vigentes desde lo cinematográfico, en sus filas.
 

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