José Carlos Redondo
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Álex de la Iglesia, en su segunda película del año, ‘El cuarto pasajero’, vuelve a la comedia mostrando su lado más divertido pero con una sensación de vacío en el mensaje

El cuarto pasajero | StyleFeelFree. SFF magazine
Imagen de la película El cuarto pasajero | StyleFeelFree. SFF magazine

Julián, un exitoso hombre, conduce su elegante coche. Allí ensaya cómo declararle su amor a Lorena, la chica que, gracias a una app, le acompaña desde hace meses en sus viajes entre Bilbao y Madrid. Para que no le molesten en su romántico intento ha elegido a un hombre silencioso y a un friki informático como compañía. Sin embargo, en El cuarto pasajero nada es lo que parece. Julián no es quién dice ser. En realidad, es un pobre desgraciado en paro algo cascarrabias. Además, para su disgusto, le han engañado. Los acompañantes tampoco son quienes parecían. En el coche del desesperado hombre se presentan un embaucador charlatán y un sensible y musculado bohemio. Con esta simple pero divertida propuesta, Álex de la Iglesia arranca el alocado viaje de estos particulares personajes.

Esta road movie juega todas sus cartas a la capacidad de los actores para defender el guion. Esto se debe a que la mayoría del metraje se compone dentro del coche, por lo que la siempre interesante puesta en escena de Alex de la Iglesia no luce tanto en esta ocasión. Es evidente su gusto por dirigir un elenco coral, como ya demostró en El Bar. No obstante, la comicidad del elenco es algo dispar. Aunque todos despiertan alguna carcajada, son los actores más veteranos los que más destacan. Mención especial a Ernesto Alterio, en su papel de buscavidas, ya que el visionado de esta película cobra sentido solo con su trabajo. No hay duda de que esta obra posee sus mejores armas en la revelación de los secretos de sus personajes, como ya ocurría en Perfectos desconocidos, con la que, para lo bueno y lo malo, comparte ciertas fórmulas.

Pese a que el relato logra avanzar de forma natural gracias al éxito de sus gags, la trama romántica, en la que se sitúa el conflicto principal, no termina siendo lo relevante que se presuponía al comienzo de la cinta, por lo que el resultado final es algo irregular. En conclusión, esta es una obra menor si la comparamos con el resto de la filmografía de Álex de la Iglesia. No sólo porque sea una de las películas donde menos se nota su inconfundible estilo. También, porque si nos centramos solo en sus comedias, esta es la que deja más sensación de vacío en su mensaje.
 

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