Rosana G. Alonso
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El mito, en ‘Lúa vermella’, cubre una zona de incertidumbre que deja veladuras fílmicas de una belleza asombrosa por cómo lo espectral dibuja un territorio

Lúa vermella | StyleFeelFree

Imagen de Lúa vermella | StyleFeelFree

En Lúa vermella, primer largometraje de ficción del gallego Lois Patiño, el realizador vuelve sobre sus pasos, a una Galicia que recupera una identidad paisajística que sobrepasa lo meramente formal, para entrar en territorios que exploran el inconsciente colectivo. Tras su anterior documental, Costa da Morte, se hace evidente que le quedaban caminos por indagar. Lo hace con una portentosidad de la imagen que nos remite a una pintura realista, que en la proyección fílmica, logra una fisionomía de la apariencia meticulosa e inigualable. Una composición que observa lo estrictamente retratado, congelando el tiempo y la acción, para transformarlo en meditación.

Paisaje, memoria, historia y mito se entremezclan. El punto de partida de un relato que se impregna de una atmósfera mortecina y soñada, es la desaparición de un personaje extraído de la realidad. O Rubio de Camelle, es un buzo que rescató más de 40 cadáveres de náufragos perdidos en el mar. Tras la informal presentación del Rubio a través de monólogos interiores de otros personajes, empezamos a cuestionarnos la propia narrativa. Aquí lo real y lo ficcional se cruzan en un cuerpo fílmico que investiga en el limbo imaginario entre la vida y la muerte, entre la realidad y la mitología, entre la naturaleza humana y una naturaleza viviente que convive con nosotros reclamando nuestra atención. Una luna mágica. Un mar enigmático. Una tierra de nadie.

Patiño recurre, para explorar estas dimensiones, a la voz, usada en Lúa vermella como una herramienta exterior. Los personajes, inmóviles, divagan conformando un relato coral imponente por la fuerza del retrato y la ausencia de una articulación de la palabra emitida con sonidos. Han dejado de ser solamente un cuerpo actoral, para conformar una masa escultural. Todos ellos están sumidos en sus pensamientos, y estos se exteriorizan con diferentes voces en off que los representan. Son figuras articuladas para permanecer dentro de un marco que nos remite, según confirma Patiño, al Millet de El Ángelus o a la intimidad de Vilhelm Hammershøi, con el encuadre meticuloso y sublimado por el color, de Edward Hopper.

La totalidad está teñida de un naturalismo social pesimista y perturbador que deja de ser tal, cuando lo mágico impone un orden que exige una narratividad difuminada en capas que se solapan. El proceso de duelo en esta disposición es un argumento de peso. Sin embargo, según la historia busca experimentarse, el mito cubre una zona de incertidumbre que deja veladuras fílmicas de una belleza asombrosa por cómo lo espectral dibuja un territorio. El cine gallego, que está escalando su propia cima sustentándose en lo local, todavía no parece conocer sus propios límites. Y la lista de cineastas es larga. Oliver Laxe, Eloy Enciso, Xacio Baño o Diana Toucedo, entre otros, se suman a Lois Patiño en esta apuesta por una creatividad que mira a su alrededor para proyectarse fuera.
 

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