Rosana G. Alonso
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En su primer largometraje, Ane, David Pérez Sañudo hace una exhausta reflexión sobre la comunicación en la familia, que vuelve a situar al cine en euskera en un lugar privilegiado

Ane | StyleFeelFree

Imagen de Ane | StyleFeelFree

El ámbito de la familia en el cine ha dado un buen número de impresionantes películas. Uno de los ejemplos más recientes lo veíamos en la demoledora Algunas bestias. El paisaje familiar, y dentro de él, la casa, es un entorno complejo lleno de posibilidades narrativas. Allí fluctúa lo privado, afectado, al mismo tiempo, por lo público. La comunicación, en este espacio, se vuelve determinante para resolver los conflictos que pudieran surgir. Sin embargo, es difícil gestionarla cuando la convivencia no ha facilitado, precisamente, el flujo de la experiencia compartida. En Ane, primer largometraje de David Pérez Sañudo, hay una exhausta reflexión sobre este tema, marcado por la relación de una madre con su hija adolescente. El punto de partida aquí lo señala la construcción de un tren de alta velocidad que dividirá a un pueblo generando conflictos, en un paisaje social, de por sí, tensionado por cuestiones políticas.

El cineasta bilbaíno hace una excelente disertación sobre los procesos comunicativos en Ane, abarcando un espacio que se ramifica desde dentro hasta fuera. En este sentido, establece una metáfora muy bien planteada entre la casa (dentro) y las obras para la construcción de una línea de tren (fuera) que pretende ser una vía de comunicación, derribando modelos de entendimiento y sociabilidad. Con un grado de realismo que nos hace conectar con los personajes interpretados por Patricia López Arnaiz, Jone Laspiur y Mikel Losada de forma inmediata, la cinta vuelve a llenarnos de optimismo para con una cinematografía española que lleva unos años buscando alternativas a la comedia, conectando con un social que está empezando a investigarse con nuevos criterios transformadores y localistas. El cine en euskera, de hecho, está dando muy buenos títulos como lo prueban los trabajos de Garaño y Goenaga o Asier Altuna.

Con un estudio exhaustivo de planos que se recrean en elementos simbólicos y una estructura que prepara para cierta tensión narrativa que retoma los principios de Michael Haneke, pasados por el filtro de un realismo social británico que mira a lo local, Ane es una película que se disfruta en cada secuencia. Una suerte de metraje que comunica bien y deja puertas abiertas a las opiniones encontradas que puede generar su tejido actoral, con un cara a cara entre dos fabulosas actrices, de diferentes generaciones, que plantean muchos debates sobre el papel de la mujer en el hoy.
 

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