Jaime G.

DocumentaMadrid 2020 arranca con la proyección de ‘Hopper/Welles’, un viaje inmersivo al Nuevo Hollywood, a través de una conversación inédita entre dos míticos directores

Hopper/Welles | StyleFeelFree
Imagen de la película Hopper/Welles de Orson Welles | StyleFeelFree

Si algo positivo nos ha dado 2020, a parte de la alegría de saber que al fin se acaba, son los festivales de cine. Aunque las circunstancias hayan obligado a posponer varios de los certámenes que anualmente hacen su paso por la capital, han conseguido celebrarse sin falta. Si bien este DocumentaMadrid 2020 debería haberlo hecho hace exactamente 32 semanas, ayer dio el pistoletazo de salida en la sala Azcona de la Cineteca. Los dos comisarios artísticos invitados, James Lattimer y Cecilia Barrionuevo, fueron los encargados de presentar el evento. Su selección para esta edición se trata de un conjunto de películas «que se asumen como testigos de nuestro tiempo», según la propia Barrionuevo.

Tras una mención especial a las tres retrospectivas parte del programa del festival y la merecida ronda de agradecimientos, se introdujo la película de apertura. Hopper/Welles, que fue presentada en primicia el pasado septiembre en el Festival de Venecia, fue la gran protagonista de la noche ayer en Madrid. Orson Welles, tras el reciente estreno de Mank, la última producción de David Fincher sobre el guionista de Ciudadano Kane, está especialmente en boca de todos. Y al igual que Fincher en Mank, Welles, en Hopper/Welles, no se centra en Welles.

En estas dos horas de documental, el icónico cineasta dialoga con un joven Dennis Hopper, un año después de que debutase con Easy Rider. En un sillón junto a la chimenea, con su sombrero de cowboy y su gin-tonic se encuentra sentado Hopper. Al otro, aunque en ningún momento se le enfoca, Orson Welles. A su alrededor, tras el humo de los cigarrillos que encadena Hopper uno tras otro, corretean ayudantes con claquetas y cámaras. Hopper/Welles es llanamente un diálogo entre ambos, en el que se enfrenta el escepticismo de Welles contra el cierto idealismo de Hopper. Una conversación que habla mucho de EEUU y de sus años setenta, pero que se siente rabiosamente actual. El director, armado con su sarcasmo y cabezonería, somete al joven a un interrogatorio ideológico que roza lo absurdo pero que resulta divertidísimo. Un sentimiento generalizado en la sala, en la que resonaron varias carcajadas.